En ciertas ciudades —no en los mapas, sino en la grieta de lo que recordamos— existen seres que no terminan de pertenecer al tiempo. Caminan como residuos de otra realidad, arrastrando no sólo sus cuerpos, sino versiones fallidas del mundo. A ellos nadie los nombra correctamente. Se les llama mendigos, locos, sombras. Pero a veces, cuando la lluvia insiste y el aire adquiere un sabor metálico, alguien los mira con atención y comprende: no están perdidos, están desplazados. La anciana añoraba las profundidades del mar, aun cuando el paraíso acuático la olvidó a ella.
La figura desgarbada acechaba los linderos de la avenida, como si no caminara sobre el mundo sino sobre su recuerdo torcido. Era una mujer erosionada por los años, opacada, casi disuelta en la lluvia. Arrastraba los zapatos con una cadencia fúnebre, apoyándose en un bastón demasiado delgado para sostener tanta vida. Detrás de ella, los gatos seguían su rastro. No era exactamente su sombra, ni su olor, sino algo más antiguo: un vapor espeso, casi invisible, que la brisa deshacía sin lograr disipar.
—No me sigan… —murmuró sin voltear, emitiendo sonidos quebrados, guturales, como si olvidara el idioma humano.
Los gatos, sin embargo, saboreaban el olor. El zumbido constante de la lluvia se adhería a todo. Las gotas golpeaban la atarjea, donde el agua acumulada ondulaba como una laguna enferma. Cada paso de la mujer parecía alterar ese pequeño océano urbano. Ella sabía. Siempre había sabido que ciertos seres —niños, animales, los moribundos— podían ver lo que aún no sucede.
—¿También ustedes lo sienten? —preguntó, deteniéndose de pronto.
Un gato negro alzó la cabeza. Sus ojos reflejaron algo que no estaba allí.
—Viene… —susurró ella, más para sí que para el mundo.
En medio de la avenida, soportó la tormenta como si fuera un rito. El agua subía, insistente, reclamando espacio. Sus pies resbalaban, pero no caía; era como si el pavimento la rechazara o la retuviera por una deuda antigua. Entonces ocurrió. Sus ojos brillaron. No con luz, sino con memoria. Miró hacia el cielo, pero no veía nubes. Veía la línea blanca de la espuma, el golpe de las olas contra arrecifes invisibles, la respiración profunda del mar latiendo bajo el asfalto.
—Ya casi es la hora —dijo.
Un niño, que nadie recordaba haber visto llegar, la observaba desde la acera.
—Aquí no hay mar —afirmó.
Ella sonrió con una ternura gastada.
—Eso dices porque aún estás vivo de este lado.
El temblor recorrió sus extremidades. Durante un instante, quiso correr, lanzarse, disolverse en ese océano que sólo ella percibía. Pero la tormenta cesó de golpe, como si alguien hubiera cerrado una llave. Y con ella, el impulso. La tristeza cayó sobre su cuerpo con más peso que la lluvia. La sal le ardía en las fosas nasales. No era posible, pero estaba ahí. Siempre estaba ahí. Miró la corriente negra de la atarjea.
—Podría ser suficiente… —murmuró.
Se inclinó apenas. Entonces los vio. Manos pequeñas. Rostros superpuestos. Voces que no venían del aire sino de su interior.
—No —dijeron los niños.
—Todavía no.
Miles de automovilistas exigieron la clausura de aquel foco de infección, como si al cerrar un espacio pudiera también sellarse lo que allí se respiraba.
—Esto no es humano —dijo un hombre desde su automóvil, sin saber exactamente a qué se refería.
La tarde en que llegó la policía, la lluvia se detuvo con una precisión sospechosa. La anciana desapareció. No huyó: se replegó. Durante tres semanas, nadie la vio. Pero algunos niños aseguraban que seguía allí, respirando dentro de las paredes, desplazándose por los tubos, escuchando.
—No se ha ido —decía uno—. Sólo está más adentro.
Al mes, reapareció. Venía rodeada de sus angelitos. No caminaba delante de ellos, sino en medio, como si la sostuvieran. La nube de chiquillos la protegía con una devoción ambigua: madre, santa, criatura, misterio.
—¿De dónde viene? —preguntó una mujer.
—De Alaska —respondieron los niños, riendo.
Pero nadie se atrevió a contradecirlos. El edificio abandonado no los recibió: los absorbió. El candado cedió con un sonido seco, como un hueso viejo. Al caer la noche, entraron en silencio, casi en ceremonia. La anciana eligió el baño. La tina. Siempre la tina.
—Aquí el agua recuerda —susurró.
En el gran salón, los niños se distribuyeron como restos de una marea retirada. Antes de dormir, ella recorría los cuerpos, uno por uno, otorgando bendiciones que no siempre eran palabras.
—Duerman —decía—. Yo vigilo lo que sueñan.
Y los sueños, obedientes, se ordenaban. Ella los amaba. O creía amarlos. O necesitaba creerlo. En su mente, aquellos rostros eran otros: los hijos que el tiempo le había deshecho. El dinero no era dinero. Era una sustancia sagrada.
—Nadie toca lo que respira —decretó un niño mayor.
Los juicios eran inevitables. Las condenas, precisas. El cuarto de castigo —frío, húmedo, lleno de latas vacías— devoraba a los culpables por semanas. Nadie regresaba igual.
—Es la cuota de las tinieblas —decían.
Una noche, la anciana entró voluntariamente en ese cuarto.
—Necesito recordar —dijo.
Se encerró entre los restos de sardinas y silencio. Allí, la oscuridad no era ausencia de luz, sino presencia de algo más espeso. Fue entonces cuando la niña llegó. Olía a cemento y a olvido. Irrumpió en el baño pasada la medianoche, con una furia que no le pertenecía del todo.
—¡Tú no eres nada! —gritó.
El cuchillo brilló apenas.
La sangre, en cambio, no sorprendió a nadie. Los niños actuaron con rapidez. Escobas, gritos, cuerpos. La niña cayó. Después vino el juicio, la reconstrucción.
—Es un atentado —dictaminaron.
El castigo fue absoluto. Nadie habló durante dos días. Pero todos comieron. Y el edificio, esa noche, olió distinto. Más profundo. Más definitivo. Algunos niños huyeron. Otros comenzaron a soñar con bocas que no podían cerrar.
—Tengo hambre —decían dormidos.
—Tengo miedo.
La anciana los calmaba.
—Soy su hada madrina —susurraba—. Nada puede tocarlos mientras yo esté.
Y por unas horas, era verdad.
Sintió los huesos de esos cuerpos como si los sostuviera otra vez. La memoria, por un instante, fue más real que el presente. Y eso la salvó. Retrocedió. Respiró. Vivió.
La mujer desapareció una segunda vez. No hubo testigos, ni cuerpos, ni despedidas. Sólo un rastro tenue de humedad que no correspondía a la lluvia. Los niños crecieron. Olvidaron su nombre, pero no su olor. A veces, en sueños, sienten la sal adherirse a sus labios y despiertan con la certeza de haber estado cerca de algo inmenso.
Los gatos, en cambio, nunca dejaron de buscarla. Se reúnen en las alcantarillas, en los bordes de las avenidas, en los lugares donde el agua parece respirar. Observan fijamente, como esperando una señal que sólo ellos sabrían interpretar.
Y en ciertas madrugadas —cuando la ciudad se pliega y el tiempo se equivoca— el pavimento se humedece desde adentro. Entonces, por un instante mínimo, puede escucharse una risa.
No humana.
No triste.
Sino profunda, antigua…
como el mar recordando su nombre.