𝗗𝗘𝗖𝗜𝗦𝗜ÓN
Raúl Hernández Viveros
Dibujo: John Tenniel
Dentro de los laberintos oscuros de fragmentos del pasado. Advierto todavía el silencio de las horas que es la respiración de las ilusiones extraviadas. Entre la niebla que cubre la superficie del mar. Las arenas arrastran y destruyen las olas de la memoria. Donde el ser se encuentra suspendido, a medio camino entre el ayer y el mañana. Los sentidos se desvanecen en la vastedad de las alucinaciones, mientras la vida, que parece pasar desapercibida, se enreda en los hilos invisibles de la destrucción de la memoria.
La realidad es tan solo una sombra proyectada por nuestros vicios insatisfechos. La mirada analiza, en cada rincón, la verdad oculta que se despliega como la escritura de páginas que ya no se pueden leer. Me encuentro aquí, detenido en el vértice de un tiempo que no avanza, pero que, de alguna manera, nos define. Igual que los restos de basura que la corriente del viento arroja hacia los escombros de mi existencia. Reflejo de lo que podríamos haber sido. Los recuerdos, como sombras errantes, nos persiguen mientras damos un paso tras otro hacia lo desconocido. Y en ese andar, soy, al mismo tiempo, viajero y prisionero de mi propia ilusión.
Entre estos delirios, alguien murmura: todos los sentidos, rumores, olores, los tactos y movimientos entran en el espacio de las miradas y gustos que desembocan en la nada. De esta transición emerge lo inesperado; lo que apenas vamos a conocer, porque aún está por ser descrito. En esta revelación permanece la pureza de los sentimientos que llegan al lugar en donde confluyen los restos del pasado.
Lo veo todo a través de la imagen de los años de aprendizaje y observo cada instante a mi alcance. Entre los dedos, el tiempo se fue desvaneciendo; no encuentro otra esperanza que contemplar el paso de las horas. Siento que las hormigas penetran por los orificios de la nariz. La arena inundaba todas las orillas de la ciudad. A lo lejos las figuras de los barcos irrumpían en el firmamento . La multitud se acerca al centro del bochorno y la brisa acaricia mi frente. Miles de turistas sonríen y juegan, algunos corriendo sobre la espuma de las olas. Observo en el verde azul del cielo, y sueño encaminar por el Paseo Marítimo.
Dentro de mi pensamiento crece el impacto de las huellas de los camellos sobre el inmenso desierto. Iba siguiendo la caravana de comerciantes nómadas. Una especie de laberinto bajo los rayos intensos del sol. Por la tarde brotaron los resplandores de las estrellas en la bóveda celestial. Cierro los ojos aplastados por las tormentas de arena.
Decido no volver jamás a mi casa porque tuve la certeza de estar acompañado por los otros, los verdugos dispuestos a sepultarme tres metros bajo tierra. Acción sórdida por donde había entrado por mi propia y última voluntad. Delante de los santos y vírgenes prometí no volver a alcoholizarme. Deseaba recuperar un poco aquella parte de mi juventud.
Fueron los años más hermosos de mi vida. En la playa, sobre el Paseo Marítimo, durante el pleno verano, los adolescentes contemplaban mi soledad. A pesar El abandono en que me encontraba era aclamado por las chicas de Cádiz. Al sentirme rodeado, esperaba orgullosamente las miradas curiosas. Mis ojos azules se transformaban con los reflejos de mar, y ellas irradiaban la eternidad de la belleza.
Los rayos solares prolongaban la brillantez de mi piel. Imaginé que me observaban. Las figuras parecían estructuras griegas o romanas. La agitación de las mujeres aumentaba con el color dorado de mis brazos y piernas. En un acto de seducción fueron siguiéndome hasta escapar en un taxi que se llevó a mi casa. Siempre guardaba la cantidad exacta para el retorno al hogar.
Era la rutina de los fines de semana; mi esposa salía a recibirme a la misma hora. Durante varios años hice lo mismo. Al principio la mujer no soportaba los celos y comenzó a rechazarme por andar con otras aventuras. Me fui a dormir a la habitación de mis hijos. Por la mañana abría los ojos y contemplaba el techo con diversas capas de pintura y alguna telaraña en los rincones. En segundos recorría las paredes y, mecánicamente, mi mano derecha sujetaba el cuello de la botella que llevaba hasta mi boca. De tres tragos consumía el licor; entonces conciliaba otra vez el sueño.
Al día siguiente me bañaba, vestía de traje y cepillaba los dientes, salía de la casa a buscar la iglesia más cercana. Rezaba un poco y luego me iba de copas con otros amigos. Me despedía de los colegas del Instituto Público y acostumbraba ir a buscar los bares miserables de la ciudad.
Allí rodeado de empleados de la limpieza pública, jubilados y viejas prostitutas, perdía las horas. Anhelaba que aparecieran las sombras de la noche. Hablaba con los borrachos de fútbol, toros e inventaba historias de secuestros y atentados terroristas. En voz alta contestaba las mismas cosas delante del coro de personas que ignoraban cada una mis gesticulaciones. A las doce de la noche bebía el último trago y dando tumbos llegaba a la casa.
Durante muchos años fue lo mismo. Mi esposa decidió cerrarme la puerta y me agradó la sensación de dormir en la calle, porque al despertar contemplaba las nubes blancas en el cielo azul. La sensación de vacío inundó el interior de mi pensamiento. Me sentía sucio: mi piel tenía costras de arena, las manos endurecidas y agrietadas, las piernas envueltas en trapos viejos y los pies metidos en zapatos con las suelas llenas de agujeros.
Siempre busco entre los cartones alguna botella con restos de vino. Alrededor de mi casa existían árboles y jardines que les daban bastante oxígeno a esta parte de la ciudad. Me chupo el sabor del alcohol en los dedos de la mano derecha, e intento reconstruir los últimos días al lado de mi familia.
Sin recordar el significado de la palabra amor, los adictos desconocidos presionan entre los restos de basura. No siento nostalgia. Obedezco a la simetría del horizonte en el mar. El color de la arena me hace pensar que estoy perdido en el desierto. No me arrepiento. Por la mañana descubro los huevos de las palomas. Un momento de vacilación. No había ningún milagro. Miro aturdido el fondo de la calle.
¿Y esto era realmente lo que quería? ¡Desgraciados, no aprenden bien la ensoñación y menos el valor de los pavos gastados! No me vendría mal un polvo. El soplo de la vida se revela en cada cascarón que aplastan mis muelas. No pasa nada. Sonrío al aceptar que soy un caracol, o una verdadera rata. En mi rostro la palidez se ilumina. Veo que los huevos estallan al final en la sartén y las yemas tienen la modestia de vivir, pero la vida desemboca en la llegada de la muerte.
Por amor siento que soy el padre o hermano mayor de Dios. La prepotencia y la gloria van perplejamente tomadas de las manos. De tan lejos los pasos se pierden en la oscuridad de mi cerebro. Y la luz se desvanece cuando oprimo las manos en mi rostro. Me estremezco ante la incertidumbre de la tormenta de arena, la sal y el viento. ¿Qué es realmente lo que buscan las moscas en mis labios? Señores y señoras: ¡las diosas nunca dicen adiós!
No se alejen porque Dios desea bailar conmigo. Quiero musitar un padre nuestro, pero el ardor en la garganta impide pronunciar las palabras. Estoy hecho una ruina y todavía soy capaz de lo que sea. Boquiabierto doy los primeros pasos de la danza. Con esta libertad siento que el círculo está completado y no cabe nada en su espacio.
Desde muy pequeño me asomaba en la fuente del jardín. Allí contemplaba en el fondo del agua los peces rojos, y me emocionaba al intentar siquiera capturar uno. En una ocasión pude al fin aprehender la piel escamada del más grande, pero un movimiento se alejó de mis dedos. Otra vez, uno mediano saltó y cayó fuera, y descubrí que se le iba la vida. Con todas las fuerzas lo tomé arrojándolo hacia la superficie brillante como un espejo. De inmediato advertí en mis ojos y me di cuenta de que ya no era un niño. Después el estanque se llenó de algas y lirios. Me alejé para siempre de aquel hermoso lugar de mi existencia.
Hace algunas semanas volví luego de varios años de olvido. El estanque desapareció, y en su lugar construyeron bancas y sembraron arbustos. Sentí tristeza porque no fui capaz de defender el espacio prolongado de mi adolescencia. Ahora los pájaros rodean cada rincón y mis recuerdos forman parte de la alucinación. No obstante, en mi pensamiento observo los peces rojos y vuelvo a intentar sentirlos entre mis manos. Mis dedos son como anzuelos y cada pez es una imagen de mi recuerdo. Tal vez sea necesario tener bastante paciencia y no perder la fe en el recuento de nuestras vidas. Cada pez que muerde la camada es la memoria disuelta en el presente. Me gustaría mucho también poder intentar este tipo de cacería con mis sueños.
Creo que llené el estanque con sueños de ambientes nocturnos; de vez en cuando arrojo el anzuelo y al azar elijo la fantasía que me ayuda a seguir inmerso en ante mis ojos desaparece el presente. El tiempo no existe. Todo da marcha atrás. Las imágenes no pueden borrarse cuando cierro los ojos. Puedo contemplar que resisto luchando dentro del vientre de mi madre. La mujer responde con gemidos de miedo y dolor. En la ventana la luz del día clarea la profunda congoja. Los pájaros cantaban en el jardín y toco detenidamente el líquido que rodea mi existencia. Al margen de lo que pueda suceder, escucho el ritmo de los corazones y entiendo que la visión se pierde en el fondo del agua. El espejo se transforma en una lámina de plata y vuelvo a sentir el bochorno de ese día maravilloso de agosto, convertido en una amalgama de colores, y no puedo reprimir el llanto y las lágrimas, mientras mi cuerpo flota con los brazos abiertos hacia la orilla del mundo. Y le digo a un sin papeles que me visita:
-Entonces recordé que tuve una maestra, y ahora ya no sirvo para nada. Las cosas se esconden detrás de la oscuridad de mi pensamiento.
-No diga eso. Mejor con las propinas le invito otro vaso de ron. ¿O prefiere otra cosa?
-A estas alturas todo es ganancia . Ni siquiera puedo mover los dedos por la artritis.
-Claro que no hay que ponerse así porque con los tragos se va a alegrar.
En ese instante, apareció la anciana, e intervino:
-Usted me recuerda algo del pasado. Su cara me resulta familiar.
-Olvide. el asunto y mejor brindemos por estos instantes.
Descubrí su rostro y sus manos cuando en la lejanía tocaba las teclas, disimulé mi asombro. No podía creer lo que sucedía en este momento. En el torbellino de mi juventud, recordé a un mesero que abría la botella de ron que otros borrachos le obsequiaban por atender sus peticiones musicales. Desde su mesa cantaban en coro los boleros anotados en una servilleta de papel. Esa noche no pude dominar la ansiedad de llenar mi espíritu y cuerpo de ron. Conseguí reír a carcajadas cuando ella sentía que las teclas bailaban alocadamente y saltaban.
No recuerdo el momento en que la borracha se derrumbó a un lado del piano, y tampoco cómo logré acomodarla debajo de una mesa. Entre las sombras de los parroquianos atravesamos el umbral del bar. Casi no sentía su respiración. Estábamos inmersos en un pantano, y a cada paso nos hundíamos más sin poder salir de aquella trampa.
Yo y la anciana abandonábamos el bar. Estábamos aniquilados por el alcohol y el encuentro inesperado de almas en pena. Todo esto duró varios minutos que equivalían al exacto número de los pasos aprendidos de memoria para llegar a la casa de huéspedes. Este mecanismo siempre me ayudaba a no extraviarme durante el retorno, principalmente cuando regresaba entre los laberintos de la inconsciencia, y los primeros rayos del sol. Sin desvestirnos, caímos en el colchón. Nos sumergimos en el vacío de la embriaguez, dentro de un sueño profundo, pero sin alucinaciones. Después yo también perdí el conocimiento.
Al mediodía, mi mano izquierda buscó la botella, y calmé la sed con un prolongado trago. Con la mano derecha moví el pequeño cuerpo de la anciana para invitarla a tranquilizar su existencia y entonces reconocí la piel fría. De golpe casi todos mis pensamientos se arremolinaron sobre la convicción profunda de que era otra estupidez de mi borrachera. Tal vez se repetían los delirios tremens. Decidí mejor cerrar los ojos refugiándome nuevamente en la levedad del inconsciente.
Como era lunes, pude decidir seguir el descanso sin salir del cuarto. Y dormí muchas horas. Después incliné la cabeza a la derecha y mi frente se impactó con aquella frialdad mortal. Me levanté y sigilosamente comencé a vestirme. Acomodé algunas cosas en una maleta. Acabé con la taza de aguardiente , y guardé una botella llena al lado de la ropa que me llevaba.
Unos minutos más tarde, avancé contando exactamente los mil pasos desde la puerta de la casa de huéspedes. Y llegué, a la estación de autobuses. Iba perturbado por los tragos y la muerte de la vieja. No soportaba tanta tristeza y maldad. Antes de llegar frente a la ventanilla, me llevé a la boca un montón de pastillas de menta, las mastiqué, y con el aliento perfumado pedí un boleto. La joven encargada me preguntó a qué ciudad me dirigía. Le contesté que me iría en el siguiente autobús que estuviera a punto de partir, y no me importaba cuál sería mi destino.
Durante varias horas, el autobús me transportó hacia el centro de la noche. Hasta este instante, nunca recordaba el nombre de la anciana que me había enseñado a bailar al ritmo de las melodías que ella sacaba con las teclas del piano. Tampoco olvidaría cuando me contaba la historia de Guido Arezzo, a quien ella consideraba el «padre de la música».
Ella se permitió transmitirme y enseñarme que fue él quien dio el nombre a las notas musicales inspiradas en las sílabas iniciales de unos versos dedicados a San Juan Bautista, había ideado el pentagrama, que a mí nunca me interesó para nada, ni tampoco tuve la necesidad de conocer y estudiar.
Y no experimenté otra molestia más que la claridad del cielo, que me iluminaba la memoria. Llegaron otra vez mis pensamientos, aquellos días en el jardín de niños cuando tuve la suerte de encontrarme con la profesora que tocaba el piano. Me aburría todas aquellas mañanas, por estar rodeado de niños que eran abandonados en manos del entretenimiento y la educación de los maestros expertos de párvulos. Cuando ella iniciaba el concierto , yo volvía de inmediato a integrarme al mundo. Me instalaba, siempre muy cerca, detrás de la pianista. En primer lugar, olía el perfume de talco. Más tarde observaba los movimientos de los . dedos largos que presionaban las teclas elegidas.
-Me gustaría enseñarte, pero tienes que crecer un poco más.
-Creo que podré hacerlo. Con ver el movimiento de los dedos puedo recordar bien el sonido de las teclas.
-Efectivamente, tienes buen oído.
-Es posible que lo haga sin darle valor a las notas.
-Hay muchas personas que obran igual y han llegado a triunfar en la vida.
Fue el instante en que tomé la decisión de aprender a tocar el piano al costo que fuera. Por otra parte, también imaginé que me dedicaría al conocimiento de la música para poder leer las partituras, igual que aquella maestra; que para mí significaba la presencia misteriosa de los ángeles.
Detrás de aquellas melodías, brotaban mis lágrimas y eran como si provinieran de un mar tempestuoso. El cambio de ritmo provocaba alegría de vivir y conocer las curiosidades del mundo. Entonces movía las piernas, y seguía el ritmo de las canciones. De reojo medía cada uno de mis pasos y sonría ante el impacto ingenuo que provocaban los movimientos cadenciosos. Esta etapa marcaba la inocencia de una edad, en la cual no fui lo suficientemente capaz de advertir el azar.
-Eres un niño con bastante suerte.
-Me parece fácil tocar las teclas y sacar melodías del piano.
-No es tan fácil. Es cosa de llevar el ritmo, que los pies vayan en movimiento.
-Lo que me gusta es bailar.
-Hay que hacer lo que uno más quiere en la vida.
-Yo quiero tocar las teclas.
La pianista organizaba bailes entre niños y niñas, lo que yo aprovechaba, y gozaba dando las vueltas entre esas manitas que apretaban las mías. Creo que fueron importantes los días en que tomé la decisión de imitar el oficio de la maestra. Posteriormente, el tiempo se deshizo entre los sonidos de las teclas. Fue el descubrimiento por una pasión que me enloquecía hasta el delirio en esta lucha por vivir mi destino. Nunca supe si era tarde porque la vida tenía muchas sorpresas. Durante mi adolescencia vagué hasta dedicarme a la venta de cristos, santos y vírgenes por pueblos y ciudades. Recorría cada calle, iba de puerta en puerta, hasta que caía la noche y llegaba el fin de semana, que era la culminación con el culto religioso del domingo.
Cada viernes me bañaba y perfumaba con el talco parecido al que usaba la pianista. Me iba a recorrer los bares. Al descubrir en un establecimiento algún piano, sin pedir permiso, me ponía a contemplar el color de la madera de abeto, que brillaba con el barniz negro. Era un acto mecánico, y de memoria recordaba los movimientos de los dedos de mi maestra.
El encargado me invitaba a levantar la tapa del piano.
-Si quiere tocar nuestro piano le doy permiso. Nadie lo ha tocado desde el año pasado.
Tras juntar coraje, me acomodaba en el asiento y recorría con los dedos todas las teclas. Aparecieron tres mujeres a solicitarme que les tocara algunos boleros. Me apresuraba a llevar la letra con el movimiento en los labios.
-Tiene todavía voz, -dijo la más joven.
-No crea, son los últimos vestigios que restan.
-Quiero contratarlo durante el día. Dígame su dirección.
-Pierda cuidado, rento un cuartucho, y me apenaría invitarla a conocer donde vivo.
Las otras dos mujeres eran cómplices de esta propuesta. Tal parece que hace lo que le da la gana.
-A pesar de mi larga existencia, prefiero ser libre.
-No es necesario. Esta noche los tragos van por nuestra cuenta, -dijo la dama.
Al principio, los parroquianos me invitaban vasos de ron o whisky. Antes de llegar al espacio de la embriaguez, todavía recordaba que otros me regalaban suficientes billetes de varias nominaciones. Entonces percibía que ganaba más que con la venta de las figuras de cristos, santos y vírgenes. Organicé el itinerario de los bares que contaban con pianos. Escribí un programa de mis actuaciones, y llevé la cuenta de mis gastos y ganancias. Comprendía que sólo descansaba los lunes y dormía todo el día sin salir de mi cuarto.
Ahora ya pierdo la memoria. Sin embargo, mi vida ha cambiado. Vivo en la calle, donde duermo sobre cartones viejos, refugiado en las sombras que ofrece la entrada de un bar. La sed de la noche ya no está acompañada por la promesa de aplausos, sino por el eco vacío que ni siquiera busca redención entre la multitud indiferente.


