Infancia es destino. Por Pedro Chavarría. El Disector. 30 IV 26
Muchas veces hemos oído esta frase, pero quizá no le prestamos la suficiente atención y no reflexionamos en el gran poder al que hace referencia. Esta frase nos habla de dos polos muy alejados entre sí a lo largo del tiempo. Queda claro que la infancia se refiere a un período en la vida de una persona que empieza justo en el momento del nacimiento y se extiende poco más de una década. Entre infancia y adultez se inserta un período de casi otra década, que pertenece a la adolescencia, así que infancia la podríamos ubicar entre el nacimiento y los 11 o 12 años. Desde ahí, encontraríamos a la adolescencia, que abarcaría hasta los 18 años; desde aquí hasta los 25 años, tendríamos a la adultez temprana. La duración de los períodos puede variar, según la definición que se consulte.
Aunque la duración pueda variar, según la fuente, la verdad es que no hay delimitaciones precisas y se produce una transición entre períodos, misma que varía para cada persona, según la época que le toque vivir y su propio desenvolvimiento físico y mental. A veces podemos identificar conductas y actitudes de más independencia y/o rebeldía que nos indican que un niño está dejando de serlo, para entrar a la adolescencia. En algunas culturas primitivas esta etapa puede verse señalada claramente a través de ciertos rituales, cuya función primordial es preparar y declarar “mayor” al niño y asignarle otras responsabilidades.
Las culturas actuales pueden variar mucho en sus condiciones de vida y aún presentar estratificación socioeconómica y cultural, que marca notables diferencias en cuanto a los estímulos que rodearán y acompañarán al sujeto en su desarrollo físico y mental. Estos factores impactan en un cuerpo y una mente inmaduros, y por lo tanto, muy maleables, es decir, susceptibles de cambiar el curso de su desarrollo. Sí que esta última es una palabra y un concepto fundamental: desarrollo. Esto se refiere a transformación; unas capacidades van desapareciendo y otras van apareciendo. El ambiente físico, económico, de salud, social y emocional impactan directamente sobre la persona en desarrollo y lo van moldeando.
Si bien se mira, este proceso transformador no inicia realmente a partir del nacimiento. Ya hay influencias maternas y durante el embarazo, que habrán de incrustarse en la persona aún no concebida, o durante el embarazo. Inclusive habría que tomar en cuenta las condiciones de los abuelos, en especial las abuelas. Según el desarrollo de abuelos y padres, el próximo a nacer, ya tendrá una carga genética y epigenética, sin que esto sea necesariamente negativo. Los genes se heredan a través de una mezcla rigurosa, pero variable. Pero no basta con tener el gen, este debe funcionar. Es como tener un foco en una habitación, pero tenerlo cubierto con un trapo negro. Sencillamente no alumbrará. Así los genes heradados: no todos están activos, pueden estar “apagados”, o “silenciados”.
Diversos factores ambientales pueden haber apagado genes en nuestros abuelos, así heredarlos nuestros padres y así nosotros, de modo que probablemente algunas teclas de nuestro piano no producirán el sonido esperado al ser tocadas, de modo que no todos los pianos pueden reproducir las mismas piezas, a comparación de cómo las ejecutan otros teclados. Incluso puede pasar que una tecla sencillamente esté deformada o destruida, al grado que no nos permita pulsarla y mucho menos esperemos que genere el sonido esperado. Por eso, algunas personas destacan más que otras en ciertas habilidades. Según tu teclado particular, podrás tocar mejor unas piezas que otras y por mucho que te esfuerces, no lograrás la maestría que otro despliega.
Entonces, cuando un niño nace, ya trae una carga positiva y negativa, con la que habrá de desempeñarse en la vida. Si aunado a estas condiciones, su madre recibe alimentación deficiente durante el embarazo, o es sometida a estrés excesivo, o ella misma abusa de tabaco, alcohol y otras sustancias, incluidos medicamentos, el feto recibe una carga extra. Así que, al llegar al nacimiento, no solo trae un teclado particular, sino que además empieza a recibir mantenimiento y afinaciones periódicas, tanto físicas, como emocionales, lo que le permitirá, o no, brillar en ciertas ejecuciones. Uno podría pensar que malas condiciones prenatales y posnatales afectarán negativamente al sujeto, pero resulta que la afectación es sumamente variable, al grado que resulta impredecible.
A nivel estadístico podemos trazar tablas y cuadros que describan las probabilidades de grupos poblacionales y hasta individuales, pero serán eso: probabilidades y el testimonio de vida de cada persona podrá cumplir o no las expectativas estadísticas. Así vemos numerosos ejemplos de niños maltratados o abandonados, enfermizos, desnutridos, y salen adelante y a veces incluso muestran genialidad. Carecer de teclas, o tenerlas averiadas, no obliga a malos desempeños. Acaso la persona no pueda ejecutar cualquier pieza, debido a su teclado defectuoso, pero lo que puede ejecutar, lo puede hacer con gran maestría. Veamos el caso de Paganini, gran virtuoso del violín. Parecía tener dedos muy largos, casi al extremo de considerar ese rasgo como patológico, y, justamente, ese “defecto”, le permitía destacar. Se cuenta que podía romper a propósito tres cuerdas de su violín y seguir tocando. Ni los dedos, ni el instrumento; algo más, misterioso, lo hizo tan célebre por sus ejecuciones.
Otras veces vemos niños a los que se les otorgaron las mejores condiciones posnatales, y al final no las aprovecharon, montando sonados fracasos. ¿Traían algo previo que les impidió aprovechar sus ventajas? No sabemos, pero algo falló. Sí hay impacto en la infancia, definitivamente, solo que el resultado puede ser errático. Privaciones que impactan positivamente y ventajas que lo hacen negativamente. La mezcla tan variable, produce resultados a veces inexplicables. Muchas personas con dotaciones genéticas impecables, pueden verse limitadas por mala atención posnatal, desde la cuna hasta la escuela primaria o secundaria. Recordemos los casos de los tiroteos en los que un adolescente resentido, decide matar y matarse. No podemos saber hasta qué punto el ambiente familiar, la crianza emocional, o el bulling escolar, o la falencia de la educación espiritual y de sana convivencia se combina con factores genéticos y epigenéticos y puede dar muy malos resultados.
Lo importante es apostar a que los buenos cuidados en el embarazo -¿preinfancia?-, asi como las atenciones paternas -el maternaje también cuenta- impacten muy positivamente y puedan contrabalancear cualquier carga oculta que el feto, próximo Recién Nacido, pueda traer consigo y a pesar de ello, pueda desempeñarse satisfactoriamente. Quizá haya niños que no muestran interés ni se motivan con los logros que esperamos de ellos. Quizá haya una fuerza interna que tiende a llevarlos por un camino específico y diferente al que esperamos de ellos, desde un simple cambios de vocación, hasta una predisposición catastrófica que lo lleve a un desenlace fatal.
Me viene a la mente un símil que parece reproducir cómo los “golpes” de la vida impactan de maneras muy diferentes. Veamos el caso de las hachas de mano y puntas primitivas de flechas. El fabricante, humano primitivo, sabe que no todas las piedras son iguales, que algunas se prestan más para imprimirles filo o puntas, así que selecciona, pues las piedras ya están ahí, no puede moldearlas. Así son los niños, nacen con ciertas ventajas y desventajas, solo que no podemos verlas, ni podemos cambiarlos por otros “mejores”. Por esto mismo, todos merecen contar con las mayores ventajas posibles en cuanto a crianza, que incluye lo físico, lo mental y lo afectivo. Si la piedra elegida no es la adecuada, al golpearla con otra a fin de sacarle filo, esta se fractura malamente o se desmorona: nunca adquirirá el filo deseado. No esperes de la roca volcánica roja, el filo que sí puede adquirir la obsidiana. Y aún a pesar de la destreza del artesano, con un golpe quizá no bien calculado, u orientado, la roca se fragmenta y resulta inútil para los propósitos esperados.
Los niños no son piedras a moldear y así como cada roca tiene sus propiedades y de acuerdo a ellas podemos darles el mejor destino, así con los niños: debemos darles las mejores oportunidades y observar cuidadosamente sus tendencias, en especial, con qué se sienten más felices y estimularlos a conocer el mundo físico y social que les rodea. Para descubrir sus tendencias y facilitar el florecimiento de potencialidades ocultas, debemos darles la oportunidad de conocer diferentes posibilidades, desde alimentos, hasta complementos educativos, artísticos, deportivos y guiar un desarrollo espiritual que les permita respetar al otro, al medio y convivir en paz. Ésta es nuestra mejor apuesta. Los niños no crecen solos, sino de la mano de sus padres y maestros.
Seamos la mano que sostiene y guía, los niños felices de hoy, serán los adultos mentalmente sanos, capaces y comprometidos, sin olvidar que, eventualmente aparecerán descarriados, pero al menos que no se diga que no los guiamos. Si por causas aún desconocidas eligen malos caminos, es algo que con frecuencia no podemos anticipar oportunamente, sin embargo, ya contamos con algunas herramientas, imperfectas, pero algo se puede lograr. El punto es que no hay que esperar a que el sujeto crezca con carencias emocionales, que son las que más afectan, para tratar de corregir después, ya con dudosos resultados. El amor y los cuidados generales son la mejor vacuna preventiva para evitar catástrofes personales. Y aún así, todos tenemos claroscuros. Tratemos que nuestros oscuros no resalten.
Todos conocemos “El David”, ya ni hay que decir “de Miguel Ángel”. Pues resulta que fue esculpido a partir de un gran bloque de mármol con un defecto; al parecer unas grietas que amenazaban con extenderse al golpe del cincel y martillo, o bien a limitar el volumen disponible con seguridad, para obtener una escultura. Miguel Ángel eligió ese bloque, que había sido abordado y malogrado por otros dos escultores y era considerada una roca arruinada, abandonada a la intemperie por 25 años. Pensemos en esa enorme piedra -5,5 metros de alto- como un niño en lenta transformación, con taras de origen -quizá mutaciones en el humano- y además con intentos fallidos de esculpirlo, lo que obligó a Miguel Ángel a diseñar una postura final acorde a las limitaciones de origen -grietas y estrechez en el bloque-, así como malos intentos de transformarlo. El ingenio del gran escultor, su cincel y su martillo permitieron que culminara la gestación de un portentoso David, a partir de una piedra considerada arruinada desde su origen.
Certero cincel y martillo para la gestación y nicho adecuado, protección y mantenimiento una vez acabado; así aún podemos admirarlo, más de 500 años después de su ”nacimiento”. Se concibió a partir de una piedra malograda y después de nacido, hubo que llevarlo a su destino de exhibición. Pero “el reto” no fue nada sencillo. Llevar un gigante de 5 metros por calles empedradas en Florencia, fue también una hazaña de ingeniería. Cuidados y más cuidados. Así con los niños.

