El estilo verbal del poder ejecutivo.
Por: Ed. Dr. Claudia Viveros Lorenzo
Desde que la presidenta Claudia Sheinbaum asumió la conducción de las conferencias
matutinas —herederas directas del formato instaurado por Andrés Manuel López Obrador—
quedó claro que no se trataba únicamente de un ejercicio informativo, sino de una estrategia
comunicativa profundamente política. Las llamadas mañaneras no son ruedas de prensa
tradicionales: son espacios de construcción narrativa, legitimación simbólica y
posicionamiento ideológico cotidiano.
La estrategia verbal de Sheinbaum muestra continuidad con la comunicación política de la
izquierda latinoamericana contemporánea, pero también introduce matices propios. Si
observamos desde la teoría del framing político —propuesta por autores como George
Lakoff—, la presidenta trabaja constantemente en la definición del marco interpretativo
desde el cual deben entenderse los acontecimientos públicos. No responde únicamente
preguntas; redefine el contexto en el que esas preguntas adquieren sentido.
Uno de los rasgos más visibles es el uso reiterado del pasado como referencia explicativa.
Ante críticas o problemáticas actuales, la narrativa gubernamental suele desplazarse hacia
la herencia recibida. Este recurso no es exclusivo de México. Líderes progresistas como
Luiz Inácio Lula da Silva, Gabriel Boric o incluso Rafael Correa han utilizado mecanismos
similares: el pasado funciona como explicación, contraste moral y justificación política.
Desde la teoría del liderazgo discursivo, esto responde a una lógica clara: construir un
antagonista permanente. Ernesto Laclau sostenía que los proyectos políticos necesitan
delimitar un “ellos” frente a un “nosotros”. En el caso mexicano, “el pasado” se convierte en
una categoría simbólica más que temporal; no sólo refiere a administraciones anteriores,
sino a un modelo político que se presenta como opuesto al proyecto actual.
Sin embargo, el estilo verbal de Sheinbaum introduce un elemento distintivo: la tecnificación
del discurso. A diferencia del tono emocional y coloquial que caracterizaba a López
Obrador, la presidenta suele recurrir a datos, gráficas y solicitudes constantes de evidencia.
Su frase recurrente —“presenten pruebas”— revela una estrategia basada en la legitimación
racional. En teoría comunicacional, esto se acerca al modelo de autoridad técnica: la líder
no sólo gobierna, explica.
No obstante, aquí aparece una tensión interesante. Aunque el discurso busca proyectar
racionalidad científica, en ocasiones adopta un tono pedagógico que puede percibirse como
didáctico en exceso. La comunicación política corre entonces el riesgo de deslizarse hacia
una narrativa vertical donde el gobierno explica y la ciudadanía escucha, más que dialogar
en condiciones simétricas.
Las mañaneras, por su propia naturaleza, favorecen el control del mensaje. Quien fija la
agenda diaria domina el debate público. Este principio fue estudiado por McCombs y Shaw
en la teoría del agenda setting: no se trata de decirle a la gente qué pensar, sino sobre qué
pensar. En ese sentido, Sheinbaum mantiene una disciplina discursiva notable. Evita
confrontaciones emocionales directas y opta por reposicionar el tema hacia terrenos donde
el gobierno conserva ventaja argumentativa.
Pero toda estrategia tiene costos comunicativos. El énfasis constante en el pasado puede
diluir la percepción de responsabilidad presente; mientras que la insistencia en solicitar
pruebas puede interpretarse como rigor institucional o como evasión política, dependiendo
del receptor. La comunicación gubernamental nunca es neutral: siempre se negocia en el
terreno de la percepción pública.
Lo cierto es que las mañaneras han consolidado un modelo latinoamericano de
comunicación presidencial directa, sin intermediarios tradicionales. Sheinbaum no improvisa
su narrativa; la administra cuidadosamente. Su discurso combina legitimidad técnica,
continuidad ideológica y control simbólico del relato nacional.
La pregunta de fondo no es si la estrategia funciona —porque claramente estructura la
conversación pública—, sino cuánto tiempo puede sostenerse sin evolucionar hacia un
modelo más dialógico. Gobernar también implica escuchar, no sólo explicar.
Y en política, la palabra no sólo describe la realidad: la crea.
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