El YATE________
Alvaro Carillo: https://youtu.be/FCwXX1sI9hw?si=pQTqU3Mdcm4NwzJz
Hay mares que no terminan en la orilla. Algunos continúan dentro de nosotros, golpeando con una paciencia antigua las paredes invisibles de la memoria. Uno cree haber abandonado un puerto, una ciudad, un rostro, una fiesta, pero de pronto una luz cae sobre la mesa, una copa vacía refleja el techo, una música lejana despierta en la plaza, y todo regresa: la juventud con sus vestidos de espuma, el amor con su máscara de oro, la muerte con su respiración azul. Yo aprendí demasiado tarde que los viajes no siempre nos llevan hacia la felicidad. A veces nos conducen dentro del centro oscuro de una persona. A veces una cubierta, un camarote, una madrugada llena de botellas y ceniceros, son también una forma del infierno.
Pero antes del infierno hubo luz. Hubo Suecia. Hubo verano. Hubo una muchacha rubia de ojos azules que olía a sal y a madera limpia. Hubo playas tan blancas que parecían dibujadas por un dios distraído. Hubo un yate que partió hacia las islas griegas como si la juventud fuera una patria interminable.
También, un amor que no supo salvarse de sí mismo, la muchacha de Malmö Durante una temporada trabajé varios meses en un balneario cerca de esta ciudad sueca ubicada en la región de Escania, en Götaland, la tercera ciudad más habitada de Suecia. Llegué allí casi por azar, como llegan los personajes de los cuentos a las ciudades que todavía no saben que van a cambiarles la vida.
El balneario estaba cerca del mar. Por las mañanas, la neblina descendía con una suavidad de animal doméstico y cubría las sillas, las sombrillas, las ventanas. Los clientes llegaban en verano con la piel encendida por el sol y los ojos llenos de una felicidad breve, como si cada uno hubiese comprado, junto con su boleto, una porción exacta de eternidad.
La hija de los dueños se apoderó de mi presencia desde el primer día. No de una manera violenta, sino con esa autoridad dulce de quienes han nacido en un lugar y conocen sus secretos. Como ya dije era rubia, de ojos azules, con una claridad que parecía venir no de su rostro, sino de una estación remota.
—Aquí no se sirve sólo café —me dijo la primera mañana, mientras acomodaba unas tazas junto a la barra—. Aquí se atiende el cansancio de la gente.
—¿Y cómo se atiende el cansancio? —pregunté.
Ella sonrió.
—Con paciencia. Con agua caliente. Con pan fresco. Y con la ilusión de que afuera todavía existe el verano.
A su lado aprendí las labores del balneario: recibir a la clientela, limpiar las mesas, preparar bebidas, tender toallas, escuchar idiomas que chocaban entre sí como piedritas dentro de una botella. Fui feliz porque su compañía me llevó a conocer las playas de Sandhammaren, donde la arena parecía harina de luna y el viento levantaba pequeños remolinos que corrían sobre la costa como niños invisibles.
Una tarde, mientras caminábamos junto al agua, ella me dijo:
—Tú no perteneces del todo a este lugar.
—¿Y a cuál pertenezco?
Se quedó mirando el horizonte.
—Tal vez a los puertos. Tal vez a las despedidas.
Yo no lo entendí entonces. La juventud tiene esa soberbia. Creía que toda frase profunda es solamente una forma elegante de la tristeza.. Al final de la temporada, ella me invitó a realizar un viaje en el yate de su padre.
—Ven con nosotros —me dijo—. El mar está más vivo cuando se cruza sin miedo.
Acepté. Y así comenzaron los días más brillantes de mi juventud. Recorrimos los mares hasta llegar a las islas griegas. Durante el trayecto, el yate parecía avanzar no sobre el agua, sino sobre una página blanca que alguien iba escribiendo con tinta azul. Las noches se llenaban de vino, de risas, de música. Conversaciones que se elevaban hasta las estrellas y caían después sobre la cubierta como pájaros cansados. En las islas, las casas blancas resplandecían bajo el sol, y las bugambilias ardían en las paredes con una belleza casi insolente. Yo creí que aquella felicidad no iba a terminar nunca.
—Mira bien —me dijo una vez la muchacha sueca, señalando el mar—. El agua recuerda todo.
—¿También lo que uno quiere olvidar?
—Sobre todo eso.
Después ellos regresaron a Suecia y yo descendí en Génova, Italia, con una maleta ligera y el corazón lleno de reflejos. Por fortuna, obtuve trabajo ayudando al cocinero del yate de un millonario italiano. Allí comenzaron otros días: días de vino, rosas y fiestas realizadas muy lejos del continente, como si los ricos necesitaran alejarse de la tierra para no escuchar el peso de sus propias vidas.
El cocinero era un hombre bajo, de bigote oscuro y manos veloces.
—En los yates de los millonarios se aprende una cosa —me dijo la primera noche.
—¿Cuál?
—Que el lujo también se pudre, sólo que tarda más en oler.
No le creí. Yo todavía veía la superficie: los manteles blancos, las copas altas, los vestidos brillantes, los perfumes franceses, las risas junto al mar. Pero debajo de esa superficie comenzaba a moverse una sombra. En los puertos donde descendíamos, las plazas parecían despertar al atardecer. En el centro iniciaban los bailables y los conciertos de baladas. Los participantes estaban ataviados con trajes folclóricos, sombreros de paja y pañuelos de colores. Zapateaban sobre tarimas de madera, recordando raíces antiguas que habían cruzado el océano y aún temblaban en los tobillos de los bailarines.
Las jaranas y las arpas vibraban para acompañar décimas hechas canciones, escritas por autores mestizos que añoraban sus lugares de origen entre la arena y el rumor de las playas. Estallaban los tambores. Los instrumentos de viento arremetían con notas balanceadas y acordes de coro. Las parejas bailaban, se detenían unos instantes, abrían sus abanicos y ofrecían a los asistentes una escena encendida por sudor, jabón, perfume de rosas y gardenias.
Bajo las palmeras, un grupo de pichones recogía fragmentos de comida. Cerca de ellos, los tordos disputaban semillas e insectos con la ferocidad mínima de los seres que también desean sobrevivir.
Al mediodía, sin embargo, la belleza se retiraba como una cortina. Los rincones sucios y pestilentes emergían junto a portones destruidos. Un puñado de vagabundos iniciaba su peregrinaje hacia el centro de la ciudad para solicitar ayuda, no sólo dinero, sino alguna forma de olvido: olvidar la nostalgia de los tiempos donde fueron felices; olvidar la lenta desintegración de sus valores; olvidar que alguna vez también habían tenido un nombre limpio.
—Míralos —dijo alguien en una ocasión, desde la cubierta—. Son el futuro de los que no supieron cuidarse.
Yo miré a mi alrededor. Las copas estaban llenas. Las manos temblaban. Las sonrisas eran demasiado largas. Entonces comprendí que aquella frase no hablaba únicamente de los vagabundos.
Entonces apareció el amor de mi existencia; tuvo la mala suerte de ser la hija mayor de uno de los comerciantes más ricos de Tenerife. Desde joven desgastó su vida en fiestas, viajes por el mundo y amistades sin porvenir. Tenía todo cuanto otros sólo imaginan, pero lo destinaba a despilfarrarlo en aventuras desquiciantes hacia el vacío de un abismo profundo y oscuro. La conocí en una fiesta donde la música parecía no salir de los instrumentos, sino de las venas de los invitados. Ella estaba de pie junto a la baranda, mirando el mar con una copa en la mano.
—¿Siempre miras así el agua? —le pregunté.
—Sólo cuando me acusa —respondió.
—¿De qué podría acusarte el mar?
Ella bebió lentamente.
—De haber nacido con demasiadas puertas abiertas.
Era hermosa de una manera triste. No tenía la belleza limpia de los que aman la vida, sino esa belleza rota de quienes parecen haber regresado de un incendio. Sus ojos buscaban algo que nunca nombraba. Su sonrisa aparecía y desaparecía como una luz defectuosa. Al principio creí que podía salvarlo.
Ella se consagró a la virtud inútil de derrochar el tiempo. Sus amigos intentaban consumir las bebidas más exóticas, de marcas de fama internacional. Después penetraron en los sueños de opio y polvo blanco. Eran consumidores de tóxicos de excelente calidad mundial. El dinero no faltaba. Apostaban en casinos. Viajaban por Europa derrochando la riqueza de sus progenitores, abriendo rutas bancarias, ocupando hoteles donde los espejos parecían cansados de reflejarlos.
Sin pensarlo demasiado, acompañé a su padre en algunas giras de dispendio, lujos y excesivas aventuras. Su padre le prestaba su yate, y el mundo se volvió una sucesión de camarotes, cubiertas, puertos y amaneceres donde siempre quedaba algo roto sobre la mesa.
—Voy a cambiar —me decía élla.
—No me prometas eso si no vas a hacerlo.
—Lo haré. Lo juro.
—No se jura frente al abismo.
Ella me tomaba las manos.
—Entonces júrame tú que no te irás.
Yo callaba, porque a veces el amor confunde la compasión con el destino. El sol esplendoroso desplegaba una iluminación maravillosa sobre el techo blanco. Aquella mañana desperté rodeado de botellas vacías, ceniceros copados y platillos con restos de comida. Los invitados todavía dormían en sus camarotes. Me despertaron las edecanes que comenzaban a limpiar los cestos de basura y a fregar el piso. Ni siquiera me saludaron. En silencio, continuaron con la tarea asignada.
La luz amarilla despuntaba por los rincones y pasillos envueltos en láminas de madera. El espacio conservaba mesas y sillas. A los lados, resaltaban cajas tapizadas que funcionaban como asientos, y dos palmeras de plástico fingían una alegría tropical que nadie merecía. Al frente estaba la baranda del puente.
Allí, con inmensa tristeza, recuperé la imagen de la decadencia humana: un hombre transformado en adicto, extraviado entre las nubes de la inutilidad, encaminado hacia la destrucción de cualquier vestigio de vida verdadera. Todo en él era una huida: de la familia, del dinero, del apellido, del amor, de sí mismo.
Al principio intenté convencerla de ingresar a un centro de asistencia especializada.
—Necesitas ayuda —le dije una tarde.
—Todos necesitan ayuda.
—Tú estás destruyéndote.
—No exageres.
—He visto las cicatrices.
Se cubrió los brazos con rapidez.
—Son cosas viejas.
—No son viejas. Siguen abiertas.
Ella prometió hacerlo. Prometió cambiar. Prometió abandonar aquella trampa de placeres artificiales y delirios alucinantes. Pero después vinieron las excusas: negocios imaginarios, clientes de su padre, reuniones, viajes necesarios, llamadas urgentes, compromisos inventados.
Mi sentimentalismo llegó a aceptarla tal como era. No por complicidad, sino por una forma triste de resignación. Sin embargo, quedé azorado al ver las cicatrices de las agujas. Entonces admití que no iba a unirme a esa degradación. Les conté a sus padres parte de la historia, y ellos me recomendaron alejarme de aquel purgatorio.
—Hay amores que no son casa —me dijo su padre—. Son incendio.
—Pero yo no lo quiero para su hija.
—Entonces sal antes de quemarte con ella.
Todos los invitados de aquella embarcación continuaban bajo los. efectos de los narcóticos. El capitán y sus ayudantes consumían sus alimentos en su cabina, alejados de las conversaciones alegres de los pasajeros. Las risas se silenciaron con la aparición de ella.
Venía con el rostro desencajado por el exceso de las alucinaciones. La vista perdida entre residuos tóxicos, extraviada en un universo de pesadillas de colores. Los ojos enrojecidos, resecos, como dos brasas que hubieran visto demasiado infierno.
Estaba totalmente drogada. Nunca comprendí sus balbuceos. Eran murmuraciones desde un fuego interior, palabras carbonizadas por narcóticos que contaminaban su corriente sanguínea.
—Ven —le dije—. Siéntate. Por favor, aléjate de la baranda.
Ella me miró como si no me reconociera.
—¿Quién apagó el mar?
—Nadie apagó nada. Ven conmigo.
—Está oscuro debajo.
—No mires.
—Mi cuerpo está cansado de vivir
Sentí que la cubierta se inclinaba. No sé si fue el yate, el miedo o el destino. Intenté mantenerlo lejos de la baranda. Su mirada quemaba cualquier razonamiento. Sus ánimos se alzaban como si quisieran erigir un perdón imposible sobre las ruinas de sí misma.
—No lo hagas —le supliqué.
—Allá abajo no debo explicarle nada a nadie.
—Aquí tampoco. Quédate.
Por un instante pareció escucharme. Sus ojos se humedecieron. Tal vez regresó. Tal vez, durante una fracción de segundo, la mujer que yo había amado volvió desde el fondo de la niebla. Pero la sombra fue más rápida. Me empujó violentamente y saltó con fuerza hacia el despeñadero del mar. Su cuerpo cayó en la profunda oscuridad como una pregunta que nadie quiso responder. El agua se cerró sobre él sin escándalo. Y el yate siguió moviéndose.
Al final, la caída no clausuró la historia: la dejó suspendida en el rumor del mar, en la memoria de quien sobrevivió para contarla. Durante años seguí escuchando, detrás de cada paso, la respiración de los ausentes. Comprendí que la verdadera lucha no había sido contra el mundo, ni contra el dinero, ni contra los excesos de una juventud iluminada por fuegos falsos. La lucha había sido contra esa sombra íntima que convierte la pasión en destino y el placer en una puerta abierta hacia la desaparición. El puerto, la casa, la habitación y la cubierta quedaron como escenarios de una misma intemperie espiritual. Nada se resolvió por completo. Nadie regresa limpio de ciertos viajes. Nadie abandona del todo el lugar donde vio hundirse al amor. Pero permanece la escritura. La escritura, esa forma de mirar de frente la oscuridad sin arrodillarse ante ella. Esa manera de rescatar, entre las ruinas, una mínima claridad.
Desde entonces sé que el mar recuerda todo. Y que algunos muertos no descansan bajo el agua: caminan dentro de nosotros, esperando que una palabra, una línea, una página, les devuelva por un instante la luz que perdieron.

