DOMINGO. F. FRAIDE______
Un emotivo recuerdo de mi viaje por España en 1995, donde compartí con grandes colegas y amigos del colectivo literario «Batarro»: Jerónimo López, Pedro M. Domene, Domingo F. Fraide y José Antonio Sainz. Gracias a Pedro M. Domene, quien me abrió las puertas de su casa en Huércal-Overa por varias semanas, pude trasladarme a Algeciras, puerto del Mediterráneo. Allí fui recibido por Domingo F. Fraide, notable poeta, escritor y profesor de Literatura (Linares, Jaén, 17 de octubre de 1948 – Jerez de la Frontera, 11 de febrero de 2014), cuya memoria sigue viva en las letras.
Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada y ejerció la docencia en Algeciras hasta su jubilación. Participó activamente en los movimientos literarios andaluces y se relacionó con el grupo de poetas brechtianos vinculado a revistas como Tragaluz. Publicó alrededor de veinte libros, principalmente de poesía. Entre sus obras más destacadas se encuentran Náufrago de la lluvia, Manual de afligidos, Elogio de las tinieblas, Conjunto vacío, El resplandor sombrío y Las sábanas del mar. Su poesía se caracteriza por un tono crítico, reflexivo y comprometido con los conflictos humanos y sociales. Domingo F. Faílde: entendió la literatura como una forma de resistencia frente al olvido. Poeta, escritor, editor cultural y profesor de Literatura, construyó durante más de tres décadas una obra marcada por la conciencia social, la memoria, el desasosiego y la búsqueda obstinada de belleza en medio de las contradicciones humanas.
Fue miembro del Instituto de Estudios Campogibraltareños y presidió su Sección de Literatura y Periodismo, una responsabilidad que refleja la dimensión pública de su compromiso con las letras andaluzas.
Su impacto editorial no debe medirse únicamente por las cifras de venta, sino por su presencia constante en catálogos, antologías, revistas, colecciones poéticas e iniciativas culturales. Sus obras fueron publicadas por diversos sellos y varias continúan circulando en librerías y fondos editoriales. Esa dispersión editorial, lejos de debilitar su legado, revela la capacidad de su escritura para encontrar lectores en distintos espacios y generaciones.
En sus poemas conviven la intimidad y la historia colectiva. El amor aparece junto al naufragio; la luz, junto a la sombra; la esperanza, junto a una conciencia dolorosa del tiempo. Su lenguaje puede ser reflexivo, irónico, elegíaco o comprometido, pero conserva siempre una mirada crítica ante la injusticia y la fragilidad de la existencia. Pertenece a esa clase de autores cuya influencia continúa actuando en silencio: desde una biblioteca, una revista antigua, un aula o un poema que vuelve a ser leído cuando alguien necesita encontrar palabras para nombrar la pérdida, la dignidad o la esperanza.
En 1995, me obsequió y dedicó su libro “Manual de Afligidos”, que culmina en este poema:
Último recuento
ANTES de que la fiesta se disuelva en la noche
y el humo del café, los licores lentísimos
del alba nos anuncien que ha llegado el final,
pasemos la hoja,
recorramos -si hay tiempo- las pálidas profecías
que aquí nos condujeron.
Luce la luz distinta, sin embargo,
aquellos colores que trazó sobre el cielo
el deseo más tenaz, aquella obstinación desmedida
que al cénit suponíamos debiera conducirnos.
Luce la luz… O es sólo
un lienzo de Paul Klee, que ensaya otra alborada,
aunque no estamos ya para experiencias
ni importan los ardides del arte y sus proclamas.
Imagina la vida, si puedes, un momento,
a bordo de estos átomos y vuela
en la montaña rusa del caos que sobreviene.
Pudo el final ser bello (concedamos, no obstante,
que peor también): como una leve música
disolverse el convivio
que, lento, va apagándose (rithm
&
blues). Imposible
atender las demandas de tanto trasnochado.
La vida es como es
(tienes que comprenderlo).
En el cine del barrio, a estas horas,
habrá salido la palabra fin.


