Aunque más de la mitad de los jóvenes considera que cambiar la forma de consumo es una de las principales vías para enfrentar el deterioro ambiental, la mayoría no está dispuesta a dejar productos y hábitos que forman parte de su vida cotidiana, como el comer carne, utilizar un teléfono inteligente o trasladarse en automóvil.
La encuesta, dirigida a jóvenes de 15 a 29 años, muestra así una generación que reconoce los problemas ambientales y demanda soluciones, pero que enfrenta dificultades para trasladar esa preocupación a cambios profundos en su estilo de vida.
El agua, el problema que más sienten
La escasez de agua no es solamente una preocupación nacional. Cuando se pregunta a los jóvenes qué problema ambiental afecta más a ellos y a sus familias, la falta de agua alcanza 33.2%, seguida de la basura, con 18.7%; el cambio climático queda en tercer lugar, con 12.6%; la contaminación del agua representa 11.8% y la contaminación del aire, 9.6%.
El estudio precisa además que la percepción de estos problemas también cambia según la región. Pues en el Sur, 40.1% identifica la escasez de agua como la principal afectación ambiental, en el Norte es 38.4%, en el Norte-Occidente 36.9% y en el Centro 36.7%. En cambio, en el Centro-Norte, la basura alcanza 27.7%.
En tanto que el cambio climático adquiere mayor relevancia en el Norte-Occidente, donde 21.6% lo señala como el problema que más afecta a los jóvenes y sus familias, frente a 12.6% nacional.
Quieren cambiar el consumo, pero no necesariamente el propio
La paradoja del comportamiento ambiental es que si bien 54.4% considera que cambiar la forma de consumo es una de las medidas más efectivas para enfrentar los problemas ambientales, la mayoría no está tan dispuesta a hacer ciertos ajustes cuando se trata de sus productos, sus aparatos o incluso de sus planes a futuro (tener hijos).
El 71.4% de los jóvenes entrevistados dijo que está poco o nada dispuesto a dejar de comer carne; 69.7% no quiere renunciar al teléfono inteligente y 63.1% tampoco al automóvil particular.
La disposición tampoco es mucho mayor frente a otros consumos: alrededor de seis de cada 10 muestran poca o ninguna voluntad de renunciar a productos fabricados de manera no sostenible o a los viajes en avión.








