**APRENDIZ**
Revista *Cultura de VeracruZ*:
Hay esquinas que no son simplemente el cruce de dos calles, sino el vértice exacto donde el tiempo se estanca. Yo nací destinado a una de ellas. Antes de que mis pies pisaran el asfalto, mi alma ya estaba anclada a ese poste de cemento, bajo la luz mortecina de una lámpara que parpadea como un ojo cansado. Desde aquí he visto pasar la vida, la muerte y los fantasmas que se resisten a abandonarnos. Soñé, desde aquí, grandes hazañas; pero mi historia no es sino el testimonio de quien decidió quedarse quieto mientras el mundo, implacable, giraba a su alrededor.
Aquella vez llegué puntual a mi esquina. Todos mis conocidos sabían de mi costumbre de apropiarme de esa parte de la calle. Sin embargo, en aquella ocasión vi que no había lugar para mi maltrecho cuerpo. Frente a mis ojos, dos policías uniformados conversaban alegremente. Entre risas, fingían no vigilar la puerta de la casa pintada de azul.
No sabía qué hacer porque, a esa hora, siempre me colocaba en aquel rincón para divisar las cuatro partes del viento. Me puse nervioso. Las manos comenzaron a sudarme. ¿Qué debía decidir? ¿Soportaría vivir fuera de aquel sitio? Las horas pasaron y el sol saltó rumbo al crepúsculo. Reflexioné sobre mi propia vida. Estaba a unos pasos de mi territorio y tenía que poner en orden la existencia.
Pasaba el tiempo recargado en el poste de cemento. Observaba hacia el frente, hacia atrás y a los lados. Estaba acostumbrado a que los amigos de Gabriel llegaran a distraerme. Acepté el reto del pequeño porque los intrusos ocupaban el espacio destinado a mi cuerpo, y me puse a jugar canicas.
Durante más de una hora logré vencer a los niños. Los chiquillos se burlaron de mis dedos grandes y torpes; también me pisaron las manos. Al atardecer, los guardianes se fueron y, unos instantes después, se abrió la puerta de madera. Salió un hombre agarrándose el vientre. Se acostó en la banqueta y, cuando apartó sus enormes manos de la panza, vi cómo se le salían las tripas. Creo que fue la primera vez que conocí a un hombre muerto.
No sé si fue un crimen o un suicidio. Recordé que don Lázaro era un buen hombre. Le gustaba tocar la guitarra y cantar melodías alegres y tristes. De vez en cuando, en su casa jugaban a la brisca; entonces me mandaba a La Gloria a comprar una botella de aguardiente y varias cervezas. En medio de aquellas horas de gritos y nerviosismo, yo iba y venía de la tienda.
Después, durante una temporada en que se quedó solo, cantaba hasta que los vecinos lo hacían callar golpeándole la puerta. Nunca vi que entrara ninguna mujer a visitarlo. Casi siempre se mostraba solitario y creo que, a veces, se preparaba su propia comida. Mi madre apenas lo saludaba. Fue una escena horrible: vi cómo se le escapaba la vida.
Esa noche, uno de los policías recogió el cuerpo. Lo acomodaron en una carretilla y tuvieron que amarrarle la panza con plástico negro. Los cargadores desaparecieron rumbo al hospital. Frente a los niños, acallé los gritos vulgares y comprendí que las cosas se complicaban. Les dije a mis amigos que debieron echar un poco de cal o agua sobre el charco de sangre, cuya mancha tardó semanas en desaparecer.
Al día siguiente, una joven alta y bonita depositó en una lata vacía un ramo de jacintos blancos recién comprados. Me gustaba oler los pétalos y aspirar el perfume de las flores. Mi madre, amenazante, me prohibió acercarme a aquel lugar. A los pocos días desaparecieron las flores y también la mujer. La lata se deshizo, invadida por lombrices y miles de gusanos que, cada noche, saltaban sobre el agua iluminada por la lámpara del poste de la esquina.
Mis desvaríos por el mundo fueron precisos y exactos en relación con el movimiento de la luna. Cada vez que alzaba la vista, aquel círculo me aseguraba la existencia. Mi madre me contó que había sentido mucho miedo de que yo naciera durante la aparición de la luna llena, pues aseguraba que, si los niños salían de la panza en ese momento, nacían sin orejas.
Me salvé de aquellos minutos de espera. La vieja comadrona, doña Sabina, me cargó en sus brazos y, al abrir la ventana, me mostró el lugar donde pasaría el resto de mis días. En el tono de sus palabras entendí que jamás saldría de allí: sería mi puesto de combate, el lugar sagrado de mis acciones sobre la tierra.
Mis gritos repicaron en los oídos de los vecinos. Ni siquiera la guitarra y la hermosa voz de don Lázaro lograron opacarme. El brillo de la luna acompañó mis pensamientos. Cada vez que aparecía completamente redonda, inmensa y majestuosa, me escondía junto al poste de la esquina, y la sombra vertical parecía intentar destrozar las partes de mi cuerpo.
A esa edad, creo que le perdí el miedo. Gracias a su claridad logré analizar el tamaño y la forma de los gusanos que se arrastraban en mi búsqueda, mientras recordaba la lata abandonada. A los pocos meses, la pesadilla terminó: solo quedaba un montoncito de tierra adherido al pavimento. Todo ocurrió tan rápido que, a la mañana siguiente, el barrendero arrojó varias cubetadas de agua a los pies del poste y las huellas se borraron en la rutina del viernes.
Fui corriendo a buscar a mi madre. Tenía que contárselo; ella sería la única capaz de entender mi angustia. Pero llegué tarde: mi madre se había acostado a dormir. Uno de aquellos días de verano, jamás volvió a despertar. Se quedó soñando, y mis manos cerraron sus ojos amarillentos. No emitió ningún quejido. Yo estaba a unos metros de la casa, parado en la esquina, cuando escuché con claridad que me pedía ir por agua al pozo.
Entonces sentí que se alejaba en el tiempo y en el espacio. Me había hablado de aquella agua que sus abuelos la mandaban a traer al patio y que ya no existía porque el pozo estaba cegado desde hacía muchos años. No supe qué hacer. ¿Cómo podía ayudarla? Mientras meditaba, oí perfectamente sus lamentos y sentí que mi pensamiento moría junto al suyo. Me toqué la cabeza vacía. Al entrar en la casa, vi a mi madre con los ojos abiertos, soñando con otras vidas.
Todo se oscureció y perdí la memoria. Fue como volver a empezar: aprender de nuevo los nombres de las cosas, reconocer a las personas y descubrir a los niños que me rodeaban. Los pájaros hicieron sus nidos y las arañas temerosas se instalaron en lo alto del poste. Los alambres fueron azotados por innumerables vientos y lluvias. La lámpara soportó las inclemencias y el paso de las estaciones.
Al año siguiente, todo el barrio me buscaba para que compusiera sus zapatos, aunque yo solo podía darles brillo. Conocía bastante bien a los habitantes de aquellas calles, pero nadie volvió a preguntarme por mi madre ni por su hermano. En memoria de ambos, ordené que construyeran una cruz en el poste de la esquina. No obstante, el carpintero trató de regañarme:
—Deja tranquilos a los muertos. Con tus cincuenta años, sigues con la torpeza de siempre y nunca entenderás la vida.
No respondí nada. Después me olvidé de los muertos y justifiqué la ausencia de don Lázaro mediante aquella cruz de madera, sin fecha ni nombre. Bajo una lluvia pertinaz, bienhechora y agradable, eché a andar rumbo a mi casa. Recordé las caricias de mi madre y estuve seguro de que ninguno de los demás vecinos había reflexionado sobre algo semejante.
La lámpara de la esquina parpadeó tres veces antes de rendirse ante la madrugada. Yo seguía recargado en mi poste, frotando un trapo sucio contra la piel de un zapato inexistente, cuando escuché el rasgueo de una guitarra. No era un sonido de este mundo: sonaba a cristal molido y a lluvia antigua.
—¿Todavía cuidando la esquina, muchacho? —preguntó don Lázaro.
Estaba de pie justo donde el charco de sangre se había secado años atrás. Llevaba la camisa impecable y no había rastro de la herida en su vientre, aunque de su boca escapaba un aliento de neblina.
—Es mi lugar de combate, don Lázaro —respondí sin dejar de lustrar—. Me quedaré hasta que las cuerdas dejen de cantar.
Él sonrió mientras afinaba una cuerda que brillaba como un hilo de plata bajo la luna llena.
—El pozo ya tiene agua, hijo —susurró una voz a mis espaldas.
Me volví despacio. Mi madre emergía de la sombra del poste de cemento. Su rostro ya no era amarillento ni estaba surcado por las fatigas de los años. Su piel parecía tejida con la misma escarcha luminosa de las estrellas. Llevaba en las manos un cántaro de barro rebosante.
—Ven a beber —añadió mientras me ofrecía el agua clara.
El miedo, aquel que se me había borrado de la cabeza tantos veranos atrás, tampoco apareció esta vez. Miré a don Lázaro, que comenzó a cantar una melodía alegre, y luego a mi madre, cuyos ojos cerrados parecían soñar dentro de mi propia realidad.
—Aún no, mamá —le dije sonriendo y, con mis grandes dedos torpes, me aferré a la base rugosa del poste—. Todavía tengo que sacarle un poco más de brillo a la noche antes de irme con ustedes.