El cuerpo se aprovechó de mi distracción. No sé cuándo decidió envejecer, porque lo hizo de forma silenciosa, casi elegante. Un día yo era movimiento, urgencia, promesa; al otro, continuidad. No hubo un aviso claro. El cuerpo fue cambiando mientras la mente seguía intacta, llena de planes, curiosidades y deseos. Las manos adquirieron historias, el rostro aprendió nuevos mapas, y el espejo empezó a reflejar a alguien que no llegó de repente, sino que fue convirtiéndose. El envejecimiento llegó a mi puerta, entró mientras estaba yo ocupado, viviendo. De Simone de Beauvoir, nos los envió Guadalupe Lorenzo. Algo así nos pasó a los que tenemos más de 80 años. Foto de Carlos Chiclana,








