Es, definitivamente, chulo de bonito el Estado en el que vivimos (el de Veracruz, no el estado de indefensión) y el que lo niegue es porque no lo conoce o porque no tiene ni la más remota idea del sentido de la estética. Con la sabiduría popular se afirmó, poniéndole palabras en la boca al Papa, que “sólo Veracruz es bello”. No creo que sólo Veracruz sea bello, ahí tienen por ejemplo a Villa del Carbón.

Seguramente se estará preguntando “Achismiachis… y eso ¿dónde es?”. Pues Villa del Carbón es un simpático municipio del Estado de México, el cual visité hace unos días y que al parecer sólo se puede acceder bajo la estricta y acuciosa guía de un par de sherpas bien entrenados. Fui a un bautizo, aunque por el tiempo que me demoré en llegar temí por un momento en llegar a la primera comunión. Es una cosa de locos. No sé si exista alguna otra ruta más simple, pero la que me tocó transitar es como para perder la confianza en que el mexicano alguna vez se redima. Después de dejar atrás los enormes edificios de Santa Fe, que por sí mismos son otra ciudad, enfilamos hacia esa zona oscura como la Tierra Media. Fue como dejar La Comarca y adentrarnos en Mordor, con enormes topes del tamaño de cíclopes y baches que se tragaban autos enteros (¡y yo quejándome de los de Xalapa!). La desolación se fue apoderando de nosotros y nos sumergimos en ese extraño mundo conocido como Satélite. Nos agarramos fuertemente a los asientos y le enterramos las uñas a la tapicería. Sin embargo, poco a poco, el paisaje se fue aclarando y comenzamos a subir por una carretera de dos carriles sin acotamiento.

El paisaje era extrañamente parecido a la carretera de Naolinco-Misantla, pero sin neblina y con voladeros más chicos aunque igual de mortales. ¿Cómo me voy a poder tomar un jerez tranquilo si tengo que manejar de vuelta? Pensé. Y ese pensamiento me mantuvo encadenado a la sobriedad. Le entré, eso sí, duro y tupido a la barbacoa hasta que terminé con una impresionante pancita de perrito milpero. Después de un par de horas llegamos a un pueblito bastante coquetón, una sucursal de Naolinco por su vasta venta de artículos de piel, calles empedradas y gente que camina sin la menor preocupación debajo de las banquetas. Tenía mucha vigilancia con un policía desarmado en cada esquina. Al principio eso me preocupó, pues pensé que había entrado a un ojo de gusano y que el tiempo y el espacio me habían traído a Veracruz, pero la carencia de armas de los policías me convenció de lo contrario –aquí andan como Robocops-. Villa del Carbón quiere ser Pueblo Mágico y realmente le falta poco para conseguirlo porque existe una pulcritud en su trazado y una calidez en su ambiente que se antoja hasta para veranear. Es, en conclusión, uno de esos lugares que hay que conocer… pero por estar hasta el otro lado del mundo, lo más probable es que jamás vuelva a acudir a su parque colonial.

Sobre todo, teniendo aquí en Veracruz lugares igual de hermosos, pero mucho más cercanos. Veracruz, tiene un abanico gigantesco de opciones para visitar y lo que falta es tiempo y dinero. Ya de vuelta al terruño venía pensando en eso, en los paisajes que dejaba atrás, que aunque eran esplendorosos, a cada momento, y a cada vuelta de montaña, se volvían cada vez más preciosos entre más nos acercábamos a Veracruz. No creo que sólo Veracruz sea bello, pero de que es bello… es bello.

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