Zzzzz, zzzz, zzzz… perdón, estaba durmiendo a pierna suelta y eso que apenas va el sexto round de la pelea del siglo.
El sábado pasado, Manny Pacquiao se la pasó correteando a un elusivo Floyd Mayweather, quien de reversa metía algún golpe en la anatomía del filipino para lograr los puntos que le permitieron ganar el duelo, por decisión unánime de los jueces.
Así es el estilo aburrido del afroamericano (negro, para nosotros los mexicanos, que no tenemos broncas de conciencia con el racismo como los blancos de Estados Unidos): no pelea sino que contabiliza golpes, y juega con la pizarra a su favor.
Y por eso me quedé dormido y entreví los siguientes rounds de la pelea, sin que hubiera nada que despertara mi emoción y menos mi entusiasmo, como le pasó a los millones y millones de seres humanos que vimos lo que la publicidad decía que iba a ser la madre de todas las batallas boxísticas.
Al final de los 12 asaltos, el moreno le dio un fuerte abrazo a su contrincante, y dicen las malas lenguas que lo felicitó por los 120 millones de dólares que, al igual que él, se embuchacó por ese remedo de contienda.
Y aquí es donde vienen los números que en verdad dan coraje: los norteamericanos pagaron 400 millones de dólares por ver la pelea en Pay Per View, y en el resto del mundo la cifra alcanzó los 1,600 millones de dólares sólo por ese concepto. Agregue usted las entradas al coloso del MGM en Las Vegas y las fabulosas cantidades por publicidad, y tendrá una suma con la que seguramente muchos pobres saldrían de la miseria alimentaria en el mundo.
Como que dice muy mal de la raza humana que corran tales cantidades de dinero solamente para ver a dos atletas golpeándose uno a otro (es un decir, en este caso). Es de la misma manera que dice muy mal de nuestro país que Cuauhtémoc Blanco haya ganado más dinero en su carrera como futbolista que Octavio Paz en la suya como poeta, con todo y Premio Nobel.
Yo me manifiesto a favor del deporte, cuando es una actividad para que niños, jóvenes y adultos mantengan sano su organismo. Y en una de ésas le doy el beneficio de la duda al deporte como entretenimiento, porque siempre es interesante y ameno ver los prodigios que pueden hacer los atletas de alto rendimiento.
Pero no puedo menos que estar en contra de ese deporte en los medios de comunicación masiva que se utiliza como medio de sojuzgamiento de la voluntad, como parapeto para esconder las artimañas del sistema en contra de la justicia, de la equidad, de la humanidad.
Las cantidades absurdas que pagan los clubes de futbol por el contrato de un futbolista como Messi o Neymar son un insulto a los millones de africanos, de asiáticos, de latinoamericanos que se mueren de hambre y tienen vidas de paria, sin esperanza y sin solución.
¿Qué hemos hecho para que eso suceda? Nada, y nada hacemos para que deje de suceder, mientras estamos sentados frente al televisor con un trago en la mano.
En eso radica nuestra culpa.
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