Estarás de acuerdo en que aun en este paraíso tropical también se sufren atropellos. Y no precisamente como las maestras (esa definición traían en su manta, de allí a que den clases es otra cosa) que fueron embestidas en las cercanías de la Secretaría de Finanzas y que fueron recogidas entre aplausos y sombrerazos al grito de “Fue el Estado”. Me refiero a otro tipo de atropello, el que sufren todos los días cientos de esforzados burócratas estatales. Te aclaro que no me refiero al burócrata en término despectivo y que antes de eso los separo perfectamente de la banda de funcionarios presupuestívoros que asolan esta tierra que es fandango, huapango y danzón.

Tengo la enorme fortuna de haber prestado mi escaso entendimiento al ámbito estatal y al federal, y en ambas ocasiones tuve el obsequio de haberme topado con jefes bastante considerados, amables y rectos. Por algún delirio fisonómico cuando me pongo traje doy el gatazo y esto, aunado a mis muy buenas formas que me enseñaron con esmero mis padres y con férreas miradas mis abuelos (la abuela era muy buena, bonachona cien por ciento, pero había ocasiones en que sabías que si te miraba entrecerrando los ojos por encima de los lentes… ya estabas ¡bien fregado!), le decía, pues, que mis buenas formas hicieron que mis jefes siempre me distinguieran con un “Usted”.

Partiendo desde allí, el dirigirse con respeto a los subalternos habla claramente de la calidad de la persona. No metamos en el mismo costal otras cualidades que debe tener un buen jefe como el saber ser organizado y no guiarse por el bomberazo, o ser buen líder, o generar buen ambiente laboral… porque esas cualidades son adquiridas en algunas ocasiones y en otras son nativas. Hablamos de la calidad de gentes, ese don de gentes que no todos traen y que muchos de esos facinerosos con hueso ni siquiera conocen.

Mi prima la inmarcesible, decía y decía muy bien, que una cosa es ser pobres y otra cosa es ser cochinos. Ella cantaba y cantaba cual ruiseñor cuenqueño, pasando con fruición la jerga al firme de concreto hasta dejarlo brilloso. No tenían azulejos ni pisos porcelanizados pero la recuerdo así, con el trapeador en una mano, la cubeta en la otra, y repitiendo las canciones de Menudo o Luis Miguel. Y es cierto, extrapolando el símil, una cosa es ser jefe y otra cosa es ser un desalmado.

Hay jefes que cometen la desmesura de no tener ni un gramo de empatía, que ganan 5 o más veces de lo que gana la tropa (y eso sin contar lo que pueden sumarse si no se hacen manicura) y aun así no respetan sus horarios, hablan a gritos, con insultos y sobajan en cada oportunidad al inferior en la estructura. Esos personajes, desafortunadamente no son pocos bichos ni están en peligro de extinción, descargan su frustración con sus subalternos y casi siempre traen horarios que no empatan con los establecidos formalmente. Presupuestívoros como esos exacerban el encono y la ligereza de sus decisiones en el trato laboral generan ambientes nebulosos propicios para la película Psicosis.

Si le siguiera me faltaría espacio y el que me ofertan en este medio es bastante escaso (qué tiempos aquellos en que el papel se tiraba sin preocupación). Según me informan, acrecentar, aquilatar, enquistar, atesorar y enlodar la imagen del funcionario público es la tarea fundamental de ese grupo sin compromiso social que a veces quiere pertenecer a la “élite gubernamental”. Desafortunadamente con sus superiores (todos tenemos que rendir cuentas) son unos angelitos con peinado de Benito Juárez, y eso hace que sean dificilísimos de ubicar. Pero para que no batallen le podría decir que en la propia Secretaría de Finanzas, como ya bien alguna vez lo indicó Francisco Licona en su columna “Figuras y Figurones”, Arturo Jaramillo Díaz de León bien podría desquitarle a cualquiera el liderazgo sindical de “Las fichitas del poder”. Todo lo que aquí se enumeró como principio básico del respeto, es lo que no profesa. Y eso, no es de gentes.

Tome nota: me puede contar cómo le va con su jefe, al correo atticusslicona@nullgmail.com

@atticuss1910