Nuestra herencia

Jesús J. Castañeda Nevárez.- jjcastaneda55@nullgmail.com

Una herencia tiene muchos aspectos confrontados entre lo justo o injusto; algunos herederos participaron activamente en la creación de la herencia y al final del día su parte está muy bien ganada; otros estuvieron conscientes de que alguien trabajaba duramente para labrar un patrimonio que seguramente en algún momento tendría que dejárselo a alguien más, así que se mantuvieron expectantes del momento para aparecer en escena y reclamar su parte; pero algunos simplemente reciben la sorpresa de que son herederos y ni idea tienen del qué o cómo y el porqué, hasta que van descubriendo lo que les llega por herencia. Ese es mi caso.

Hay muchos eventos que están borrados de mi mente o todavía no necesitan aparecer y permanecen ahí guardados. No hay un inicio claro o un punto de partida. Así que rescato lo primero que aparece en el centro del universo ubicado en Tuxpan, Ver., en la calle Fausto Vega Santander Número 43 interior 2, justamente en un humilde vecindario de casitas de madera, piso de ladrillo y techo de lámina, donde vivimos y crecimos 8 chamacos del mismo apellido, además de otras 10 o 15 familias, con una característica en común: las condiciones de pobreza y marginación no eran conscientes, simplemente porque ahí todos éramos felices.

El estudio y el trabajo diario como una forma de participación en la economía familiar eran temas normales, como también lo fue el juego de futbol en plena calle o en el “campito”, ubicado a la distancia de un silbido de mi mamá y que era rápidamente registrado por nuestros sensibles oídos tres segundos antes de emprender la carrera rumbo a nuestra casa, nuestro hogar, nuestro refugio, pero también nuestro centro como familia.

En ese pequeño espacio se construyó todo. Con una certeza absoluta del rol que cada uno tenía. Porque aún en la más desafortunada condición de salud de mi Padre, él era la cabeza de su familia y todos lo amamos y respetamos siempre. La figura que permaneció a su lado por más de 30 años, mi Madre, era como un gigantesco roble de frondosas ramas que nos sostuvieron, nos dieron alimento, sombra y cobijo, pero también disciplina; nos formó y nos enseñó la ruta del trabajo para alcanzar los resultados y conquistar las metas.

Nuestra rutina diaria no tenía nada de extraordinario; las carreras matutinas para ir a la escuela pendientes de la hora en la radio local que entre música huasteca daba la hora a su auditorio. El trabajo vespertino y los juegos callejeros completaban la jornada.

Así eran todos los días, pero al llegar el domingo la nueva rutina tenía características de festividad y muy temprano la familia en pleno caminaba en orden por las calles que nos llevaban a la Iglesia. Un pequeño ejército de 8 cabecitas que eran contadas como pase de lista. Mientras la suma fuera 8 mi Madre estaba tranquila; el problema era cuando le faltaba o le sobraba alguno, porque entonces el pase de lista era por nombre para determinar quién faltaba.

Ahora comprendo muchas cosas inexplicables para ese entonces. Porque sin lugar a dudas mis padres amaban a Dios y le creyeron siempre. Cuando cantaban alabanzas a Dios no parecían ser los “desprotegidos” del vecindario interior 2, porque ellos reflejaron siempre la certeza de que Dios tenía todo bajo control y que a su tiempo las cosas serían transformadas en bendición.

Parece ahora muy lejano y a veces hasta inexistente nuestro tránsito por el parque o las calles tuxpeñas con una caja de chicles en la mano, que vendíamos a 20 centavos el paquetito; o empujando un carrito de paletas de hielo que casi igualaba nuestra estatura y por lo tanto teníamos que empujar entre dos; cuántas tareas, cuántos mandados, cuántos trabajos a tan escasa edad.

Pero mis padres tenían razón: Dios tenía todo en control y su compromiso de bendición a ellos y a su descendencia era firme.

Ni cuenta nos dimos cuándo y cómo llegó la bendición; lo cierto es que llegó esa herencia que ahora disfrutamos todos los hijos de Don Pilo y Doña Chelo. No fue en dinero o bienes, fue muchísimo mayor que todo eso: Un Dios amoroso y fiel que cumple su palabra. Un Dios que está pendiente de nuestras oraciones y responde. Un Dios que promete bendecir también a mi descendencia y que estoy seguro que lo hará. Eso sin duda es la mejor de las herencias.