Falleció la abuelita de mi cuñada. Le decían La Negra Herrera y era en verdad una señora de lo más activa. Tenía, creo, más de noventa años y murió de un desafortunado accidente doméstico. Salió solo Dios sabrá a qué, ya de nochecita a las escaleras de su porche –me imagino que tenía sus plantitas y éstas, celosas como son, exigen su riego nocturno- en donde me cuentan le dio un mareo y se fue descolocando metros abajo. Acompañamos a la familia de mi cuñada en Bosques del Recuerdo, y me puse a recordar uno a uno los muertos de amigos, familiares o conocidos que me ha tocado ir a acompañar. En una esquina el papá de Daniel, en otra un familiar de Kenvier, e incluso llegué a meterme a acompañar a una familia que no conocía y que sólo después de dos horas de ver puras caras desconocidas me percaté que me había equivocado de funeraria. Cuánta tristeza inunda esos pasillos. Sobre todo el sentimiento de que tarde o temprano muchos de los amigos o familiares por ahí pasaremos.

Yo no sé ustedes pero a mí lo que me atejona en esos casos es el “qué decir”. Llega uno con la mejor cara de seriedad, caminando con sigilo y parsimonia, abriendo la boca como pez en pecera para soltar unos ahogados Hola, Qué tal, Cómo estás, y cayendo en la cuenta que cualquiera de esas expresiones pronunciadas onomatopéyicamente vienen resultado más placebos que promesas de auditor. A la mitad de la saludadera ya ni siquiera hablaba, limitábame a agachar la cabeza y abrazar. Recuerdo a Kenvier, viejo amigo de mis años mozos que cuando murió su familiar lo encontré como zombi guatemalteco parado en el rellano de la escalera, viendo hacia ninguna parte tratando de encontrar el presente que se le había escapado. Traía entre mis ropas, sabradió por qué, un pequeño Nuevo Testamento, se lo di y pareció agradecerlo de corazón. No soy precisamente creyente, antes bien me declaro teológicamente inconsistente pero fue lo que se me ocurrió.

La Negra Herrera pasó sus últimas horas en el Centro de Especialidades Médicas, a donde he ido a parar a que me compongan mis charrasqueadas (un hombro dislocado y una nariz fracturada… en distintos episodios). Cuando falleció, sus dolidos familiares padecieron el viacrucis que debe ser cosa común en el CEM. La trabajadora social, persona bastante bella y considerada según entiendo, comenzó a presionar para sacar a la señora –bien linda y atenta-, que tenían veinte minutos, no more, porque el Ministerio Público debía proceder. Al mismo tiempo, tenía (¿no le digo que es muy atenta?) ya dos diferentes servicios funerarios listos para realizar tan terrible pero necesaria e inmediata acción. Tremendos buitres, agoreros de la destrucción social, postradores de las buenas costumbres y la pobre humanidad, como cuervos, los servicios funerarios y la trabajadora social, se aprestaban a hincarle el diente a la cartera de los dolientes. Pero algo iluminó a los parientes, que en esos momentos tenían la mente abotargada, y decidieron esperar, pues ¿Cómo shinitas está eso de que vamos a sacar el cuerpo en menos de veinte minutos? ¡Ni que hubiera parquímetros!

Ante la frustración de haber perdido el bisness, dejaron que los familiares se llevaran a la amada abuelita, previo cobro de 1,500 pesitos por un documento que cuando se les entregó decía en mayúsculas y bien visible “Servicio gratuito”, y así nomás, sin haberles entregado siquiera el acta de defunción, pero eso sí, asomando la malévola sonrisa de los que saben su maldad. Luego ya sabe, vueltas y más vueltas para regularizar lo que la lindura de persona que es la trabajadora social por sus tremendos e imperiales ovarios, no quiso hacer. Ya se lo cobrará Dios, tendrá un hijo con granos hasta en las pompas y una hija que engrosará las encueradas de Los 400 Pueblos.

Estos contubernios son bastante conocidos, ni siquiera se ocultan, y son decenas de familiares los que los sufren a diario. ¿En qué pichurriento país estamos viviendo, de verdad, que hasta con la muerte se lucra indebidamente?

La Negra Herrera, con sus ojitos tapatíos y la piel color canela, su sonrisa fácil y su caminar activo, como bien dice y piensa su familia, Se fue con el Señor. Se le va a extrañar.

Tome nota: ¡Qué bellas personas atienden en nuestros hospitales!

atticusslicona@nullgmail.com

@atticuss1910