Apenas hoy me vengo reponiendo del electrizante fin de semana, y eso que el domingo lo dediqué al antiguo arte, perfeccionado por los tlatoanis aztecas, de dormir y remolonear por lo casa hasta conseguir que las féminas que deambulan frente a mí y me pican con palitos las costillas para ver si sigo vivo, me alimentaran. Vine abriendo decentemente los globos oculares cuando México iba ganando dos a cero, y según me informaron ya eran casi las nueve de la noche.

A este paso no sé qué estadios de vida alcance, pero me daré de santos y haré una pachangota si llego a los 80 con la misma vitalidad y entereza que doña Anita, bella por dónde se le vea, ama y señora de Almolonga, hacedora de una vasta y siempre atenta familia que se reunió este fin de semana para festejarla. Yo fui como marca el deber y la tradición mexicana, “como invitado de los invitados” pero no por eso se me limitó el convite (no se me apeneque, que no se pierda esa bella tradición, si algún día no tiene a quien llevar a sus fiestas solo indíqueme las coordenadas y caeré raudo y veloz con toda mi parentela dispuesto a hacerle los honores al mole).

Con la marimba de fondo que fue extendiendo sus horas de música, fuimos aguantando el canino calor de la zona chayotera veracruzana. Y entre risa y risa, bien comidos y bien bebidos, acompañando a la familia Carreto, yo oteaba la cocina esperando encontrar algunos frascos de caña como recuerdos de tan célebre ocasión, pero la espera fue infructuosa. En el discurso, bastante ameno por cierto, ofrecido por una familiar nos enteramos que el señor esposo de doña Anita fue una muy bella persona, algo «disipado» pero que siempre tuvo en primer lugar a su señora. «Las pepegüas son las pepegüas» aclaró la del micrófono, y sabe qué, tiene razón. Porque una cosa es que durante demasiados años a las mujeres se les consideró un accesorio que pasó a segundo término y que durante centenares de años se les limitó a esa condición, a la buena o a la mala (“quien la quiere le pega”, imagínese nada más qué absurdo), pero otra, la actual, que ellas han ido ganando su lugar a pulso, no detrás de un hombre sino junto a él o delante de él. La nómina de las mujeres es cada vez más abultada y tienen, sin lugar a dudas, muchos más méritos que demasiados hombres.

Después de la pachanga Almolonguera, una vez que terminamos con las Coronitas que nos inyectábamos para no perder tiempo (“Corona y Coronita, tan buena la grande como la chiquita”), para desquitar la gorra me fui de lengua e invité a todos a mi casita blanca. Y ahí, señor señora mía, es donde me hincaron el diente. Tenía en mi cava dos o tres vinitos, guardados para “una ocasión especial”. El problema es que las ocasiones especiales no son muchas y esos vinos no los compro, por lo regular me los obsequian lectores mucho más dispuestos y menos austeros que Usted (desatarúguese, que no le ganen el brinco). Saqué mis dos mejores botellas, un L.A. Cetto Nebbiolo y un Calixa, y ya sabe, no faltó el gandalla abusador que hizo la aguda observación “¿Y aquella que está arrumbada?”, Ahhhh, esa no vale gran cosa, debe costar unos 80 pesos. Se lo juro por la vida mía, que me caiga un rayo tres veces sobre una espinilla, que se me agrie el muñeco y que se me engranen las axilas, si es que miento… pero no sabía cuánto costaba esa botella de vino tinto Anjoli que inmediatamente cotizaron y cuál no sería mi sorpresa pues costaba casi 800 pesos. ¡Los vuelvo a invitar, pero cuando cumpla 80 años pues no la perdonaron y la vaciaron en Infinitum!

Las pepegüas de Almolonga, ya son un recuerdo, vano recuerdo de un pasado ya distante de esa distinguida familia Carreto. La botella de Anjoli también lo es, una pepegüa violentada y tomada con deseo y codicia. Pero también me pregunto qué será de esas pepegüas de la política que hoy van forjando su camino, despacio y sin premura, sabedores que por el momento son hormigas, gigantescas, pero hormigas al fin. Creo que debería considerárseles con más cuidado, pues cada pepegüa puede arrancar un buen pedazo de piel de una mordida. Es cierto, por el momento sólo hay un par de buenos gallos para la gubernatura, y hay muchos que consideran a los demás como pepegüas (Erick, Carvallo, Alberto, Mota, Tomás, Alejandro, Bueno, Buganza, Miguel Ángel, Fernando, Flavino y muchos más), que en el imaginario colectivo van todavía muy atrás en las encuestas, pero esto apenas empieza y falta mucho camino por recorrer. Pero ojo, cuidado, una bandada de pepegüas puede ser mortal. Algunos al final seguirán siendo las pepegüas y solo algunos tendrán al final espolones para gallo. Como diría mi amigo Edgar Hernández, “al tiempo”.

Tome nota: Ojalá realmente la UPAV pueda llevar el nombre “UPAV Guillermo Zúñiga”, sería un digno reconocimiento aunque faltarían muchos más.

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