De 1945 a 1995 el mundo tuvo cambios radicales: primero, la incorporación de la mujer al ámbito laboral; la fundación de sindicatos; la organización estudiantil, que ocurrió con el nacimiento de la universidad de masas, creación yanki; el desarrollo tecnológico y la proliferación de gobiernos emanados de una u otra forma, del voto popular.

Así, a finales del siglo XX se hicieron evidentes conflictos que nos eran distantes: étnicos en los balcanes, en el medio oriente, al norte de India o en Nepal. De igual manera, se evidenció la política internacional del dominio del más fuerte, como en la Guatamela de Árbenz, el Chile de Allende, en la Argentina de la guerra sucia o en nuestro propio país, el dominio norteamericano se hizo presente a través de las armas y luego de las urnas, y con el fin de la guerra fría, a través del deshielo neoliberal (y lo sigue haciendo ahora a través de la Iniciativa [Doctrina] Mérida).

Ahora que estamos realmente conscientes que coincidimos todas las culturas en un mismo planeta, estamos obligados a ampliar nuestros horizontes culturales, y evitar en el análisis político prejuicios equivocados, como que el libre mercado está moralmente por encima del populismo, o que la elección a través de las urnas nos asegura la más alta ética en un gobernante, pues son simples juicios sin ningún valor.

De esta forma, debemos analizar las propuestas políticas desde una perspectiva crítica del liberalismo, pues la mayoría de las políticas públicas están basadas en estos preceptos. Y a partir de la crítica al neoliberalismo, construir una dialéctica hacia el socialismo, pues definitivamente un mundo gobernado por transnacionales (hacia donde todo apunta que nos dirigimos) alentará el consumo de carne por encima del de granos, que complica la alimentación para el total de la humanidad; el consumo de energías no renovables; la extracción de minerales a través de la contaminación para el uso privado; la extracción de gas; el decrecimiento del Estado de Bienestar y del mismo Estado de Derecho.

Pronto podríamos llegar a la abolición del Estado y al triunfo de la Transnancional si no rescatamos una tradición que mantuvo el crecimiento sostenido de la potencia que se opuso al liberalismo: el comunismo.

Sin caer en ningún extremo autoritario, podemos profundizar en la igualdad, más que en la libertad humana, y sobre todo en la fraternidad, valores que desde la Revolución Francesa fueron escondidos por los burgueses que nos enseñaron el libertinaje.

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