El lugar es un cafetín de la cadena que ha impuesto por todo Veracruz una acomodada familia xalapeña. Estamos casi al aire libre y un viento de fronda, helado y apuñalador, nos corroe los huesos y la piel. El expreso doble, caliente a una temperatura que sólo pueden imaginar las cafeteras de presión, entra en el cuerpo como una bendición. El Gurú, que conoce los hielos del Tíbet, se muestra a gusto en esta heladera y mira hacia el horizonte como si estuviera meditando. Yo lo saco de su contemplación:
—Maestro, acabo de leer un hermoso poema de Federico García Lorca. Se llama Pequeño poema infinito, y dice:
“Pero el 2 no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra…”
¿qué le parece?
—Es un excelente dístico endecasílabo de este poeta granadino de principios del siglo XX, asesinado por los esbirros de Francisco Franco en los albores de la guerra civil española. Sin embargo, debo decirte, mi pequeño saltamontes, que a mí don Federico no me gusta como poeta.
—¡Pero cómo, maestro! García Lorca es muy bueno, considerado uno de los grandes poetas de la lengua española, prácticamente un clásico.
—Mira bien lo que te digo, Saltita. Nunca mencioné que fuera malo, sólo dije que no me gustaba. Y aquí me das pie para bordar sobre un tema que me ha traído dando vueltas la mente desde hace algún tiempo: cómo confundimos a menudo los juicios del gusto con los del valor. Ten mucho cuidado con eso, que no es lo mismo y te puede llevar a cometer errores de apreciación.
En ese momento recordé que traía una gruesa chamarra en el auto. Fui por ella de prisa, me la enfundé y ya pude seguir la conversación en mejores condiciones de temperatura.
—El valor es algo intrínseco de un objeto o una persona. El gusto es una apreciación subjetiva y personal. El problema que se presenta es que muchas veces pensamos que lo que no nos gusta no tiene valor alguno. Un buen poema, la voz de una cantante, un libro, lo que nos dice el sicoterapeuta, la realidad nacional pueden agradarnos o no, pero eso no los transforma en algo bueno o malo…
En ese momento se quedó dubitativo, tomó un momento para arreglar algún pensamiento, y regresó al tema:
—Y de ahí paso al ámbito de la política. Podríamos hacer un parangón de la pareja gusto/valor -que se aplica a lo personal- con la dualidad interés personal/interés colectivo. Ahora que estamos en tiempo de precampañas, vale la pena insistir ante cada ciudadano con derecho a voto que un candidato no es más bueno o más malo en la medida en que sirva o no a nuestros fines particulares. No hay nada peor que orientar el voto a que tenemos derecho, buscando una satisfacción personal (apoyar a alguien pensando solamente en que nos puede dar un puesto, o un sueldo, o un contrato, o una prebenda). El gusto por alguien no le debe dar el valor como para que votemos por él.
Se quedó pensando un rato más, pidió la cuenta, la pagó y a manera de despedida me dijo:
—La situación del mundo, del país y del estado no está como para que hagamos una elección superficial o frívola. Y perdóname si la frase parece un tanto demagógica, pero es cierto que en este momento Veracruz necesita de decisiones honestas y responsables.
Mientras se perdía entre la niebla que había bajado intempestivamente, alcancé a oír que me decía:
—Elige razonablemente. Y ya por quien decidas votar, es tu boleto…
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