Vamos de mal en peor; más malas que buenas, pa’ donde quiera que voltee a ver, ahí está la maldición, en nuestras narices, enfrentito y duele, cala que no haya visos de mejoría. México inundado de coraje y, al mismo tiempo, de desesperanza, en el hartazgo, pero muchos aún en la indiferencia.

En agosto de 2014 apareció el libro Ni vivos ni muertos. La desaparición forzada en México como estrategia de terror, del periodista Federico Mastrogiovanni, quien en entrevista señaló que no existen cifras absolutas respecto al número de víctimas de desaparición forzada en el país pero se cuentan por decenas de miles, y advirtió de una tendencia por parte del Estado a invisibilizar el problema, criminalizar a las víctimas y crear un juego de números donde se pierde la dimensión del problema.

Sostuvo que “las organizaciones civiles hablan de más de 27 mil, Gobernación de 8 mil, lo que es muy triste si se considera que no son números, se trata de personas, familias, todas historias extremadamente trágicas y dolorosas”. Agregó que la única forma de poner un alto al problema es a través de la participación y el diálogo entre instituciones y sociedad, “el único actor que puede resolver este problema es el Estado junto con la sociedad civil, pero es fundamental que los ciudadanos se enteren de lo que está pasando y exijan justicia”. Entendido, ¿qué hacemos, Quimosabi?

En Purgatorio, novela de Tomás Eloy Martínez sobre los desaparecidos durante la dictadura militar argentina, se lee: “En una entrevista con corresponsales japoneses, la Anguila tuvo que dar una respuesta sobre la epidemia de desapariciones. ‘Primero habría que averiguar si lo que ustedes dicen que existió estuvo donde ustedes dicen que estuvo. La realidad puede ser muy engañosa. Mucha gente se desespera por hacerse notar y desaparece sólo para que no la olviden’. Emilia lo vio en la televisión subrayando las sílabas mientras movía hacia arriba y abajo la calavera brillosa de su cabeza: Un desaparecido es una incógnita, no tiene entidad, no está ni vivo ni muerto, no está. Es un desaparecido. Y al decir no está alzaba los ojos al cielo. No se repita más esa palabra, siguió, no tiene asidero. Está prohibido publicarla. Que desaparezca y se olvide”. (Nexos/noviembre 2015). ¿Así de simple? ¿Cuánto nos costará el chistecito?

Pero no pasa nada. En el cuento “Pendones”, de Rosa María Alcalá Esqueda, leo: “¡Qué extraños pendones adornan la ciudad! desde mi ventana los contemplo, sin dilucidar su contenido. ¡Qué raro! ayer no había. Hoy la ciudad luce desierta. ¿Qué día es? estoy atolondrado, sin saber qué día es, ni a cuál santo encomendarme. Tengo modorra, quizá duerma otro rato. Prendo la TV, esa maña que tengo de salir «bien informado». Nada nuevo. Lo de todos los días. Estamos tan acostumbrados… Los cárteles mataron y colgaron a 35 hombres en avenida central, para que sepamos que van en serio. Bueno, ahora sé que no son pendones. Estando todo en orden, ¡a descansar!”

México desaparecido.

De cinismo y anexas

Pilón: “…hay otros temas que seguramente pronto van a ser crisis como el del agua, la basura y la pérdida de zonas verdes, por eso tenemos que estar preparados para lidiar en el corto plazo con una región ambientalmente colapsada y en severo riesgo de que los problemas sean inmanejables”, alertó el maestro Javier Riojas Rodríguez, de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. (sinembargo.mx).

Sigan pensando su voto. Ni a quien irle…