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Hay quienes dicen que la ignorancia es felicidad, con el tiempo he llegado a la conclusión de que no saber nada es más bien una ilusión temporal que si bien te permite estar relativamente a gusto en el entorno, no te permite crecer en todos los ámbitos posibles y mucho menos alcanzar un nivel mayor de satisfacción.
El conocimiento es vital para la felicidad, el problema es que éste nunca es suficiente y una vez que comienzas con la semilla del saber, continuas sembrando por doquier dudas en nuevos discípulos, preguntas curiosidades a otros para aclarar tus pensamientos, buscas información en nuevos medios, trasciendes fronteras porque los límites geográficos también se vuelven una limitante para conocer más, y si logras sembrar un poco de estas inquietudes en nuevas personas, el conocimiento se expande y la información significa poder no infelicidad.
Siguiendo el principio del conocimiento, en 1916 un grupo de mujeres lideradas por Florence Terry Griswold, descubrió cuán importante era saber más sobre otras culturas, trascendieron las fronteras para involucrarse con mujeres de otros países y así poder ayudar a la situación postrevolucionaria que en aquel entonces vivían muchos en la frontera entre México y Estados Unidos. Los ideales de ese grupo hoy se preservan en múltiples naciones de América, dónde miles de mujeres se han preocupado por convivir entre sí para formar un puente a través de la amistad que les permita llevar un mejor desarrollo a sus naciones.
De ellas aprendí que cuando comienzas por conocer a otros e intentas apoyarlos en lo más básico como el impulso a la cultura y la educación se puede lograr un cambio en las personas y que sumado trasciende a un cambio en los países. El amor que múltiples mujeres de todo América tiene por sus naciones se ve reflejado en lo que ellas llaman Panamericanismo, ya que su grupo es la Mesa Redonda Panamericana, y es tan grande que hay quienes han sorteado dificultades políticas y económicas para poder asistir a convenciones en dónde la solidaridad y la unión entre unas y otras es más que evidente.
El grupo que tuve la oportunidad de conocer el fin de semana es para mí un ejemplo de dedicación y entrega, pero también un recordatorio de cuán sencillo puede ser enfocarnos en puntos positivos para darle un impulso a las nuevas generaciones. Siempre he considerado que la educación es la llave que abre todas las puertas y lo compruebo cuando veo a otras personas innovar desde sus campos de especialidad, sin embargo son muy pocos los que tienen la oportunidad de alcanzar los niveles más altos de preparación. En México llevamos siglos de atraso, hay quienes aún creen que la letra con sangre entra y se han olvidado de que con los años las formas de aprendizaje deben evolucionar.
Quizás deberíamos tomar como ejemplo la labor de estas mujeres y conocer primero dónde estamos en este punto de la historia, quiénes son las promesas del futuro y el entorno en el que se lleva a cabo su preparación, no son los mismos requerimientos educativos en el norte que en el sur, si dejáramos de ver a todos con el mismo tipo de inteligencia y comenzáramos a preparar a los niños de acuerdo a sus intereses y capacidades, no sólo tendríamos en el futuro a profesionistas más capaces, sino también a personas felices que sin duda aportarán más al entorno por dedicarse a aquello que realmente les apasiona.
Busquemos comprender a los que nos rodean, mejorar juntos e incentivar un cambio que trascienda con el tiempo y vaya a la par de las nuevas generaciones, para que en un futuro enfermedades como el estrés no sean causadas por arduas horas de trabajo sin sentido, que el asistir a la escuela no sea motivo para que los niños lloren al cruzar el umbral del colegio y que nuevas instituciones se preocupen por llevar el conocimiento a los lugares y personas que aún no tienen acceso al mismo. Saber más de todo lo posible es la clave para ser felices y mejorar