*Cuanto más se dividen los obstáculos son más fáciles de vencer. Camelot.

NUEVA YORK (SEGUNDO DIA)

“Usted no puede tomar fotografías”, dijo en su inglés fanfarrón un policía que resguarda la entrada a la Torre Trump. De modo qué, pensé, no fueran a deportarme en el país donde los Padres Fundadores en su primera iniciativa o Enmienda posterior, dicen que todos los hombres son iguales y todos son libres y tendrán libertad de culto, de expresión, de prensa, petición y reunión; de modo qué, en este país, donde, después de los franceses con su igualdad, legalidad y fraternidad, presumen ser el país más libre y democrático del mundo, donde se respetan los Derechos Humanos y tienen de sede a las Naciones Unidas (ONU). De modo qué, en este país de ejemplo, la policía neoyorkina prohibía tomar fotos a la Torre del pelos de elote, como si en la foto, como pensaban los antiguos indios Sioux, nos fuéramos a llevar atrapada su alma, de la torre. Como pudimos penetramos, hagan de cuenta Messi metiéndose entre adversarios. Tienen bloqueadas las dos calles, la 56 y la 57 en el 725 de la Quinta Avenida, el miedo no anda en burro. Hay más policías que paseantes. Decimos que vamos al café que está dentro, y nos dejan pasar, fotos obligadas con el portero que allí lleva años, un negro con casi dos metros de estatura, que sonríe. Llevo mi gorra de México, algunos me gritan ¡Viva México!, les hago la señal de agradecimiento. Entrando hay un panel de gente en la entrada del edificio de 89 pisos, que tiene en los dos últimos un Ático donde debe vivir este sangrón. Hacemos en el lobby una transmisión en directo para Crónica y XEJF Radio Max de Tierra Blanca, con Ana María Vela, nuestra Carmen Aristegui, lo suben de inmediato a su página electrónica y yo a mi Facebook, para compartirlo con los lectores. Hay tres pisos comerciales, un café Starbucks donde entramos, los guaruras solo miran con ojos de águila. Ya lo cuida el Servicio Secreto, a este inútil. Por doquier se les ve con chicharitos y en la solapa la insignia. Parecen a Bermúdez, pero de pelada o declarando por tentón, por apañarse más casas de las debidas en Woodland, un lugar que fueron a infectar. Abajo hay un bar llamado Trump, la egolatría en su máxima expresión, rumbo a los baños una larga fila de gente comprando gorras, camisetas y los suvenires de quien ahora será su presidente, caras, a 35 dólares, en la calle valen 11, pero el tipo está de moda, para mal, pero de moda. Allí pajareamos cerca de una hora a ver si lo veíamos bajar. Las protestas están a una cuadra, han cerrado esto con tanto policía que debían de pedirle a ese excelso señor se cambie a vivir a otro lado. Lo hará en la Casa Blanca, para deshonra de Washington, Lincoln y Kennedy, y Rossevelt y Reagan y los que fueron buenos. Nixon no, porque seguro ese le aplaude desde su tumba.

A LA CASA BLANCA

Trump llegará a la Casa Blanca y seguro no pedirá conocer la alcoba de Lincoln, porque de historia debe conocer poco, sabrá de racismo y deportación y de odio a México, como lo demuestra el estar pavoneando desde ahora a Joe Arpaio, un sheriff terminator, malo como la carne de puerco, que fue vencido en las elecciones pasadas y Trump ya le quiere rescatar y dar cobijo como atrapa inmigrantes. Una chamba en Migración. Imagínense. En las calles neoyorkinas crece el repudio, invitan a que el día de la toma de posesión, en enero 20, en Washington, le hagan una gran protesta de toda la Unión Americana. Poco pasará, porque estos así son, es una América Dividida, como lo dijo la perdedora Hillary Clinton: “No pensé que América estuviera tan dividida”, dijo en su discurso de derrota. Pues dividida está, como en el tiempo de Lincoln, el leñador y decimosexto presidente, que los salvó en la Guerra de Secesión: “Una casa dividida, afirmó glosando una frase de la Biblia, no puede sostenerse. No espero que la casa se derrumbe, lo que espero es que cese de estar dividida”. Así andan ahora. En la Torre Trump todo es vigilancia, al dejar el café y dejar el edificio en sus tres pisos con escaleras eléctricas, que te mete a la zona de cafeterías y bar y negocio, como uno de Ivana Trump, dedicado a su hija, la llamada cara amable de Trump, de perfumes y joyería, en la parte de atrás hay un solar, un gran patio con mesas, allá fuimos pero oh decepción, ya no nos dejaron pasar por ahí de regreso, la seguridad es todo. Total ni queríamos, ya nos íbamos. Fuimos a tentarle el agua a los camotes en esa protesta que crece y crece y no deja de crecer, como los peces en el rio: beben y beben y no dejan de beber. Buscamos un lugar de carnes, recomendado, el Gallaghers Steak, lo debe de ser porque al llegar nos preguntaron si teníamos reservación, nones, apenas lo vamos a conocer, dicen que son las mejores carnes neoyorkinas y a la entrada exhiben unos 40 tipos de carne, desde el Prime ribe hasta el New York y fotografías de picudos que allí han cenado, entre ellas una de Edward Kennedy. Totalmente lleno, nos dice la hostes, habría pero hasta las 10 de la noche. Muy tarde para cenar, apartamos para el otro día. Jugaba México y había que llegar a tiempo a la comodidad del hotel para ver por Univisión que, en los últimos minutos, un cabezazo de Rafa Márquez -a quienes los comentaristas criticaban porque ya no tiene piernas ni la movilidad que un día demostró en su grandeza con el Barcelona-, como si fuera repetición del Mundial les clavó un gol peinado de tiro de esquina, con ese y con el otro gol del paisano cordobés, Miguel Layún, terminamos con la Maldición de Columbus, ahora que está de moda acabar con las maldiciones, como esa de la Cabra de Chicago. Asunto arreglado, un triunfo que se dedicó a los paisanos, como bien lo dijo Chicharito, una gente pensante, en este tiempo que están desolados y temerosos por la elección y por lo que pudiera pasar en sus vidas. En mi Facebook dije que el triunfo se le dedicaba a Donald Trump, cuyas leyendas, ‘Not my president’ (No es mi Presidente), se leen por doquier. Alguna gente de México me escribe que tendrán dificultades para pedir sus Visa, no es así, ninguna, el peligro está en los paisanos que aquí laboran, a ellos enfocará este animal sus ansias de limpiar su mundo, como una vez lo quería hacer un hombre que, en Munich, Alemania, en una cervecera lanzó su grito de lucha y puso a todo el mundo de cabeza, tuvieron que unirse países y países para vencerlo en una Guerra Mundial, porque no podían con él. Ojalá este loco no comience a hacer disparates porque, si no, en Orizaba hay un hospital psiquiátrico, aquí le damos alojamiento, total, si quiere oír balazos, aquí también a veces suenan los cañonazos. Bueno, seguido.

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