Por Ramón Durón Ruíz (†)

La vida del mexicano, está plena de imaginación en torno al tema del humor que forma parte de nuestra cotidianidad, en la genialidad del colectivo social se ríe de lo risible –la política y los políticos– y también de lo solemne –como la religión y la muerte–, aunque en este tema más pareciese que reímos por el miedo que nos genera.
En mi libro “7 Maravillas para tu Felicidad”, reflexiono entre otros temas sobre el poder sanador de la maravilla del humor, que no requiere de los retruécanos del lenguaje, mucho menos del florilegio verbal para agradar; más bien demanda estar pleno de ingenio para que brote como manantial de argentinas aguas, la sonrisa y la carcajada que caracterizan el buen sentido de nuestro humor.
Generoso ha sido Dios enseñándonos, a través del humor, a no tomar la vida demasiado en serio para nunca ser intolerantes, egoístas, egocéntricos, necios y hasta ridículos. El humor es un regalo de vida lleno de magia, que te hace magnánimo, ayudándote a darte cuenta de que lo ridículo está compuesto en gran parte por el sufrimiento humano.
“El humor rompe con la rigidez que da la híper-seriedad, que no es lo opuesto a lo ridículo, sino lo ridículo mismo; en nuestra cultura se asocia la responsabilidad con seriedad; grave error, porque podemos ser responsables con alegría. La mayoría de las personas también asocian seriedad y complejidad con creatividad, pero la alegría y la simplicidad, es creatividad”1
El humor y la risa son un medio efectivo para contrarrestar nuestros días difíciles, la capacidad de reírnos de una determinada situación nos confiere poder y control sobre la vida. En el lenguaje corporal, la sonrisa significa todo: salud, éxito, equilibrio y amor.
Lo del humor me recuerda la anécdota que tuvo lugar en Ciudad Victoria, Tamaulipas, en la tercera década del siglo pasado, en la que el queridísimo Juan Gabriel Rodríguez Martínez (q.e.p.d.), conocido también como “Juan Sierra Madre” y “Juanón”, era un hombre muy popular –vecino del 20 Democracia– honraba la amistad y la vida con su trabajo, tenía un molino para nixtamal y una panadería; en su camionetita, repartía el producto por la ciudad, hacía nieve y sembraba vid, misma que procesaba para hacer un exquisito vino de mesa.
Cierta ocasión, siendo presidente de la República, Don Emilio Portes Gil llegó de gira a su ciudad natal y por tal motivo, la élite política ofreció en el Casino Victorense, una comida en su honor. Don Juan Rodríguez había sido su amigo y compañero en la precaria niñez, así es que en dicha visita se apersonó a las puertas del casino con la intención de saludar al jefe de la nación.
En los empujones y la trifulca que provocaba la salida de la comitiva del banquete, don Juan se hizo escuchar agitando los brazos y gritando:
–– ¡Emilio!, ¡Emilio!, ¡Emilio!
El presidente de la República reaccionó y se dirigió hacia su viejo y querido compañero, con gusto manifiesto en el rostro, por volver a ver al amigo de la infancia. Uno de los “notables” –la tradición oral cuenta que era el mismo presidente del Casino–, arremetió contra don Juan, señalándole su falta de educación y reprendiéndole la informalidad con la que se dirigía al Ejecutivo nacional:
–– Pero, ¡por el amor de Dios! ¿Cómo es posible que te presentes vistiendo ropas de trabajo a saludar al señor Presidente?… ¡Qué falta de educación la tuya!
A lo que don Emilio Portes Gil, con su característica agilidad mental, respondió:
–– Discúlpeme caballero, estoy seguro de que en el caso de mi querido amigo Juan, no es falta de educación… más bien, diría yo: ¡ES FALTA DE SACO! –Tras lo cual soltó una carcajada y dio un fuerte abrazo a su entrañable amigo.

1. http://tallerdefelicidad.blogspot.com/2010/08/para-convertir-la-alegria-en-habito.html
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