*De Pedro Paramo: “Hacia tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo”. Camelot

FRENTE A FRENTE (CARA A CARA)

Como si fuera un guión hollywoodense. Como si se tratara de una producción de Steven Spielberg o Stephen King, de aventura o terror, así se encontraron frente a frente los dos gabinetes. El que llega y el que se va. Ambos dos (Fox dixit), promedian entre 56 y 57 años de edad, los del electo, puros viejitos, de esos que sacan al sol en España a los balcones, para que les pegue el calorcito. Del otro lado, más o menos. Se veían y se respetaban. Por momentos se tiraban loas, ya no era Peña el corrupto que era, ahora era un demócrata que no metió las manos en la elección. Con todo, tuvieron sus desavenencias. Cuando llegó la dichosa Reforma Educativa, AMLO le dijo en sus narices que esa se iba para abajo, como pelota de béisbol cuando abandona el campo: “No, no, nooooo, no, no, díganle que no a esa pelota”, gritaría el cronista de ESPN. Eran unos veintitantos de un lado y del otro, faltaban los generales y el almirante del lado del que llega. Aún no platica con el general secretario, para ver a quién sugieren. Inédita la escena, porque en el pasado, aun con dos regímenes del PRI, cuando se anunciaba el Gabinete faltaba escaso un día para que tomaran posesión, aunque todos ya sabían a dónde iban. Los malos contra los buenos, se llamaría a la escena de Palacio Nacional, donde el electo gobernará y quizá ahí, por el mismo sitio donde a Benito Juárez lo bautizaron a la Masonería, allí eche su siestecita, entre el espíritu del reformador, de aquel Juárez itinerante que creó las Leyes de Reforma, una de las tres transformaciones que aspira y suspira AMLO, y que Juárez adoptó el nombre masón de Guillermo Tell, según Wikipedia, que todo lo sabe.

FIRMES DE LOS DOS LADOS

Firmes todos, unos con caras compungidas, los que más se veían del lado malo eran Videgaray, apabullado desde que cometió el error de traer con el yerno a míster Trump, que vino grosero y jaquetón a zamparnos el Muro en nuestra jeta mexicana; y Pedro Joaquín Coldwell. Se escondían entre los rincones, temerosos que alguien los viera, Rosario Robles (la estafa maestra) y el secretario del socavón, Gerardo Ruiz Esparza, un tipo cínico y presuntamente muy deshonesto. Del otro lado sobresalía la barriga (hay que ponerlo a dieta) de Marcelo Ebrard Casaubón (Relaciones) chavo de 58 años; Olga Sánchez Cordero (Gobernación), con su pashmina al cuello, 71 años; Miguel Torruco (Turismo), consuegro de Slim, 66 años. Olga sonreía -como la canción de Enrique Guzmán-, cada que su jefe hacía temblar la tierra y como Neptuno arrojaba rayos y centellas sobre los que se iban con la cola entre las patas, aquellos a quienes llamó la Mafia del Poder. Ambos airearon todo lo que pudieron. El aeropuerto gravitó sobre los dos equipos. Se hace en Texcoco o no se hace. Consultaría el electo a todos, y han salido más memes y chistes de eso porque, ninguno a los que se va a consultar sabe de aviones, solo cuando uno se trepa o cuando los ves volar en películas. Una verdadera jalada tabasqueña. Criticado en todos los foros serios. Lunes mismo en Foro TV, los expertos se mofaban de esa idea campechana, o tabasqueña. Poco antes, la Maestra Gordillo, como la heroína Juana de Arco, llegó a un hotel de Polanco y arengó a sus maestros, que la recibieron entre aplausos y mandó un mensaje al carcelero: “¡Hoy fui liberada! ¡Y la Reforma Educativa se ha derrumbado!”. Ándale, papá. Como aquella vez cuando Mitterrand llamó en discurso a Juana de Arco: “Quiero decirte desde aquí, en nombre de todas las mujeres, tus hermanas sacrificadas, mutiladas, vendidas, explotadas, asesinadas por nacer mujeres, que necesitamos que otras muchas Juanas de Arco se levanten por todo el mundo”, y la perrada francesa lloraba.

Mucha tinta va a correr de esa reunión. Una reportera se atrevió, Claudia Guerrero, de Excélsior, a hacer la pregunta de los 64 mil, de las corruptelas de Odebrecht y Estafa Maestra y OHL y amigos que les acompañaron. Peña Nieto cabeceaba como Jared Borguetti en sus tiempos de goleador de la selección mexicana. Pero del otro lado nada dijeron. O sea, cada quien que lidie con sus fantasmas, que cargue con sus muertos, como en el Comala de Pedro Paramo: “Hay pueblos que saben de la desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos”. O aquella otra cita filosófica, del mismo autor: “No, señor, no se queja de nada; pero dicen que los muertos ya no se quejan. Me mataron los murmullos. Aunque ya traía retrasado el miedo. Se me había venido juntando, hasta que ya no pude soportarlo. Y cuando me encontré con los murmullos se me reventaron las cuerdas”.

Así andaban.

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