Ya no son lo que fueron. Durante muchos años fui un recurrente lector de columnas de sociales de Novedades, El Heraldo de México, El Dictamen y El Mundo de Córdoba. Era un placer culposo, pero no me perdía las crónicas de sociales de Agustín Barrios Gómez, Eddy Warman, Nicolás Sánchez Osorio, Enrique Castillo-Pesado –que era más lo segundo que lo primero-, Gemma Odila Garzón de Arcos (Veracruz) y de Juan Apodaca (Córdoba). Algo tenían de literario y el chisme de sociales siempre ha sido atractivo. Llevado al extremo, Luis Buñuel diría que se trata del discreto encanto de la burguesía. No lo sé, algo tenían de atractivas esas columnas, quizá porque mezclaban lo social con el ambiente siempre farandulero de la política. Total, que todos los días iba a la biblioteca de mi universidad a revisar los periódicos del día, y a echarle una ojeada rápida a las páginas de sociales, a revisar fotografías para ver quién estaba de moda. En esas estaba cuando en El Heraldo que me voy encontrando en senda fotografía a Tirso Cházaro Rosario, compartiendo mesa y departiendo en algún antro de la época con nada más y nada menos que Verónica Castro. Me quedé de a seis. Traigo esto a colación hoy que la famosa ‘Chapis’ de antaño ha vuelto a recuperar reflectores con la telenovela de Netflix ‘La Casa de las Flores’. Cuando sucedió esto ha de ver sido como a principios de los ochenta. ‘Tito’ acababa de regresar de su largo periplo de muchos años por el continente europeo para residir nuevamente en México. Como que no la podía creer, Verónica era la estrella de la TV del momento y ahí estaba con ella nada más y nada menos que el afamado hermano de dos de mis más grandes amigos de la infancia: ‘Kiko’ y Jaime Cházaro. Algún día, nada más que me lo autorice, le voy a escribir su biografía a Tito, capaz que la de Porfirio Rubirosa se queda corta.