*Hay que ser tentón, pero no tanto. Camelot.

ESTETA DE LA CORRUPCION

Si usted pica su nombre en el Google, lo primero que le sale es una foto enmarcada con el título: “Gerardo Ruiz Esparza, esteta de la corrupción”. La palabra esteta, encierra lo que es y ha sido este corrupto funcionario. Esteta: “Persona que cuida en grado sumo la belleza formal es un esteta, vive por y para la belleza”, eso dice el diccionario de la RAE. Peña Nieto tuvo en su sexenio algunos secretarios incómodos, Lozoya de Pemex fue el primero que abrió el marcador, aún anda en los tribunales. Le siguió Ruiz Esparza, a quien el presidente Peña ayer en acto público, le echó sus porras y le dijo que había aguantado vendavales y cosas fuertes, solo le faltó decir: “No te preocupes, Gerardo”. Al lado del secretario, la también acusada de presunta corrupción, Rosario Robles, le frotaba la mano adhiriéndose a él, que son como frutas del árbol caído, que caen cuando se pudren, solo le faltó a este par, lagrimear. Este es un país que no se le entiende. Mientras el electo cruza puentes y no derriba muros corruptos, cuando señaló a Tercer Grado en Televisa que no miraba para atrás, pues se llenarían las cárceles de corruptos y se incendiaria el país. O sea, que México generó una corrupción inalcanzable y hay que cerrar ese ciclo así, con ellos locos de contento con sus cargamentos. Pobre país, tan cerca de Trump y tan lejos de la justicia.

TENISTA ENAMORADA

Fue como un cuento de hadas, una tenista, ranqueada mundialmente en el circuito de profesionales, comenzó un romance donde menos lo esperaba. Sucede que en una final de Súper Bowl, perdió una apuesta por Twiter, donde un chavo gringo le dijo que si le ganaba la apuesta aceptara una cena. La tenista dijo yes. Y ahí los tenéis viéndose a cada rato, concretando la cena y llevando un romance fifí que ni el Hola se lo imaginó. Tom Brady ganó ese juego y nunca se imaginó que el verdadero ganador de ese Súper Bowl era ese muchacho gringo, que cautivó y terminó enamorado, ella por igual, de esa tenista bella. Él se llama, John Goeherke, de 22 años, poquito menos que ella, la tenista, Eugene Bouchard, él, gringo, ella, canadiense, le tiró un rollo amoroso, dice que se enamoró desde que la vio jugar en el Abierto de Wimbledon, en 2014, me imagino que por la tele, bien lo dice esa vieja canción: “Cuando el amor llega así, de esa manera, uno no tiene la culpa. Quererse no tiene horario, ni fecha en el calendario, cuando las almas se juntan”. Ese caballo de la sabana. Allí andan enchicualados y se ven por todas partes, me imagino que ella corre con los gastos, porque el joven es de ascendencia humilde. Pero el amor tocó a sus puertas. En Twiter ella ha seguido el romance informando a todos, que está a gusto con su nuevo amor y exhibe fotos de los sitios donde va y merodean la melcocha. Al joven, ya lo buscan las televisoras y los diarios deportivos y me imagino que pronto venderá su historia de amor, como suele hacerse ahora. Es un amor que rompió barreras, para que vean que las benditas redes sociales, cuando quieren pueden. Se volvieron a ver en la final del Súper Bowl, donde empezó todo el lio amoroso, y fueron recibidos como invitados especiales de lujo, con acceso al campo. Ella ha bajado su ritmo de juego en las canchas, pero su amor va in crescendo. Quizá se vaticine como escribió aquel poeta cuenqueño: “Detrás de una mujer feliz, hay un hombre haciendo las cosas chingonas”. Ándale.

CAPOTE HACE 52 AÑOS

El 28 de noviembre de 1966 se realizó el Black and White Ball, o Baile en Blanco y Negro, histórica reunión social que Truman Capote organizó en el hotel Plaza de Nueva York. Las invitaciones, enviadas a principios de octubre sólo a 500 elegidos del escritor, decían: «En honor de la señora Katherine Graham, el señor Truman Capote se sentiría muy honrado con su compañía para el Baile en Blanco y Negro el lunes 28 de noviembre, a las 10 de la noche, en el gran salón de baile del Plaza». Más abajo se especificaba el dress code: Caballeros: traje de etiqueta negro y máscara negra. Damas: vestido de noche, negro o blanco. Máscara blanca; abanico. Y una verdadera fiebre se despertó entre aquellos que no habían recibido su salvoconducto a una fiesta que los diarios neoyorquinos no sabían si catalogar como la del año, de la década o del siglo. Ese había sido un año muy especial para el escritor. El baile representaba para Capote más que un agasajo a su amiga Katherine Graham, cabeza del poderoso grupo editorial que editaba el diario The Washington Post y la revista Newsweek, una celebración de sí mismo, incluso puede asegurarse que de ahí en más comenzó su descenso. El escritor dijo haber invertido en la fiesta 155.000 dólares para que todo saliera sin posibilidad de errores. Esa noche lluviosa, la ciudad entera se cubrió de glamour. La pasarela por la que cantidad de celebridades entraron a la fiesta con sus mejores galas atrajo la atención de cámaras de televisión, casi 200 fotógrafos, toda la plana mayor de los columnistas de moda y una multitud de curiosos. Truman tiró un baile con la eterna Marilyn Monroe. Por ahí desfilaron Frank Sinatra y su flamante mujer, Mía Farrow; Andy Warhol, Sammy Davis Jr., Tennessee Williams, Marlene Dietrich, Nelson Rockefeller, Henry Fonda, Greta Garbo, Oscar de la Renta y el marajá de Jaipur. Solo falté yo mero. Los invitados procedían prácticamente de los cinco continentes. Pero el que menos pasó desapercibido fue Norman Mailer, que llegó a proponer al asesor de seguridad del entonces presidente Lyndon Johnson continuar en la calle una discusión sobre Vietnam, o sea, a madrazos. Una de las mejores definiciones de lo que significó esa noche la dio un reportero de televisión dirigiéndose a la audiencia: «Esto es como la otra mitad vive… Sabemos que usted no es lo suficientemente rico ni socialmente importante ni lindo como para ser invitado; si no, no estaría mirando ahora las noticias».

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