*Solía Diógenes algunas veces irse a las estatuas y demandarles alguna cosa. Y como se maravillasen de esto los que lo veían, dijo: ‘Hago esto para acostumbrarme a no moverme ni perturbarme si alguna vez demandare algo a los hombres y no lo alcanzare’. Camelot.

LAS ESTATUAS

Las estatuas suelen servir para que las palomas lleguen, se posen normalmente en la cabeza del festejado, y las caguen. Por doquier se ven así. Hay estatuas de dictadores que han llegado, se instalan y luego, cuando cambian los gobiernos, se van al carajo, esquina con el rancho del Peje, llamado La chingada. Cuento esto porque el pobre Peña Nieto, el presidente que se va por la puerta de atrás al basurero de la historia, antes que le llegaran las hojas del calendario y su reloj marcara la última hora, para que enloqueciéramos todos, mandó a hacer su estatua, la que fijaron en el pabellón de Los Pinos, en un corredor donde están fijos los que allí habitaron. Me imagino que el Preciso le dijo al escultor y a la dependencia suya que la mandó a encargar. “Apúrense, porque ahí vienen los Chairos y ni lugar me van a dejar”. No se sabe que será del destino de esas estatuas, las de Peña y los 13 presidentes que se dejan ver en la Avenida de los Presidentes. Allí están todos viéndose con recelo, los buenitos y los malitos, cuenta la leyenda que en la noche, como la película esa del Museo donde los animales reviven en las noches y el cuidador lidia con ellos, las estatuas bajan de su pedestal y los presidentes se ponen a deliberar, al pie de una leña de fuego, quién fue más malo que el otro, repasan también la historia de sus sexenios, desde Lázaro Cárdenas, que la inauguró, hasta el niño bonito que se va como el presidente con menos aceptación, apenas 17% lo ven bien. Eso calienta, mijito, diría Minga, una gente de mi pueblo. El dialogo de los presidentes sublima y engaña. A Peña se le ve muy sácale-punta-al-lápiz. Posa con la bandera nacional en un asta y con la mano derecha la sujeta y con la izquierda toca su pecho a la altura de la solapa, como Don Corleone. No se sabe qué suerte jugarán esas estatuas de marfil, cuando esa casa ya no será casa presidencial. Esperemos una Consulta nacional. Quizá los chairos las fundan todas y se haga un monumento a la anti corrupción, para ver si de algo sirve ese bronce fundido y se le saque buen provecho. Porque todos fueron muy tentones, bueno, excluyo a mi general Cárdenas y a Ruiz Cortines, y hasta a López Mateos, a ese solo le gustaban los viajes y las viejas. Solía decirle a su secretario particular, por las mañanas: “¿Qué toca hoy, Humberto, viaje o vieja?”, y por lo regular le tocaban de las dos, era querendón mi presidente. Pero fue el último presidente querido y adorado por su pueblo, iba a las funciones sabatinas de box y le aplaudían, ahora ninguno puede asomarse a ningún evento. So pena que les griten: “Rateros”. O “Asesinos”, Como les ha ocurrido a algunos. O a lo mejor todos ellos, cuando bajan de su pedestal en la noche en su coloquio, digan burlones como el lépero Taibo: “Se las metimos doblada”. Ándale.

PARTIDAS EN DOS

Muchas estatuas han caído al suelo, partidas en dos, cuanto más alta se alza la estatua, tanto más duro y peligroso es después el golpe en la caída, el dictador Francisco Franco tenía muchas por toda España, a caballo la mayoría, ya no le queda ninguna, cuando llegó la democracia comenzaron a caer una por una, una de las últimas estaba en Santander, en un parque cantábrico, pues una mañana la echaron pa’ abajo y ahí las deben tener guardadas. En la historia han caído muchas, las de Stalin, el fiero y sanguinario dictador de Rusia, la de Sadam Hussein, los gringos con la ayuda del pueblo la lazaron (“lázalo, lázalo que se te va) y en su tormenta del desierto iraquí la derribaron con un tanque de guerra que sirvió como grúa. En Orizaba hubo alguna en la calle Real, que a caballo iba el hombre y la gente de maldad les ponían dos peroles de lechero, de vez en cuando. Las de Moamar Gadafi eran de ornato, tenía una con un puño y un avión americano entre esa mano. Todas cayeron al suelo derribadas por su pueblo, que no solo derribó las estatuas, lo ajustició en plena calle. A los presidentes no se debía permitir que se les fijen estatuas. Al menos no cuando salgan de gobernar o cuando estén gobernando, alguna vez se legisló y solo el texto de la placa permitía en la época de la presidencia de tal a tal año, sin nombre ni apellido, pues ocurre que luego los desconocen. En el Teatro Llave de Orizaba una vez quitaron una placa que inauguró el gobernador Duarte, lo desconocieron y le sacaron tarjeta roja, con todo y que los había ayudado en su tiempo de poder. Son los ciudadanos, al paso del tiempo, quienes tienen que decidir si tal presidente tiene su calle o su estatua, como las tienen Charles de Gaulle y Winston Churchill, lo mismo en París que en Inglaterra. Claro, ellos ganaron la guerra, si la hubiera ganado Hitler habría muchísimas del maloso Adolf.

TENER UN AMIGO ASI

Me imagino que al presidente Peña le vale lo que los mexicanos puedan opinar de su actuar y actitud presidencial, si es a favor o en contra. Aun sabiendo que le vendría una avalancha de críticas, tomó el plumón y con su poder firmó y decidió que el yerno cómodo de Donald Trump, Jared Kurschner, se le otorgara el Águila azteca, máxima distinción que se le dan a los extranjeros. Esa águila, cuando esté en el pecho del yerno gringo, va a repicotear el nido destruido. Desde 1943 se otorga, y la han recibido personajes como Walt Disney, Eisenhower, Nelson Mandela, príncipes y reinas y escritores como García Márquez, dictadores como Fidel Castro, cantantes como Placido Domingo, que la recibió un día lunes. Bill Gates, Beckenbauer, esa distinción también se ha entregado a malos y a buenitos, en ese panteón también algunos dilucidarán sus penas y las lanzaran al viento, como cantaban los Hermanos Carreón.

Wwww.gilbertohaazdiez.com