Repensar nuestro deber

Si quieres cambiar los frutos, tendrás que modificar primero las raíces

  1. Harv Ecker

El mundo se encuentra en un proceso de adaptación, quizás de dimensiones muy parecidas al cambio que se dio de la alta edad media a la ilustración, ya que la variable del conocimiento abre unas grietas de magnitudes impresionantes.

No pretendo hacer un enunciado de los puntos sobre el proceso renovador, sino exponerlo y reflexionar sobre cómo mejorar.

Los procesos de intensidad que juegan los medios de comunicación, elevan la dicotomía preexistente sobre si mantener al consumo como variable esencial del modelo de crecimiento, o cuidar nuestro planeta, principalmente los bienes naturales, mismos que por cierto son finitos.

Estos hechos, parecen que están ahí, pero poco se tratan con la seriedad debida, las ganas de estar a la vanguardia en todo, es un elemento que nos hace consumir hasta lo innecesario, algunos estudios dicen que hasta como una patología social.

David Konzevik ha señalado en su tesis la llamada «revolución de las expectativas» donde argumenta  que «los pobres de hoy son ricos en información y millonarios en expectativas«. No les interesa lo mucho que ha avanzado la sociedad, exigen vivir ya en la tierra prometida, en una utopía.

Dicha utopía, basada en el consumo, nos aleja de elementos mucho más duraderos en la generación colectiva de la felicidad, condición que sin duda ayudaría a que los elementos de conflicto social disminuyeran, el ejemplo es nuestro país, el cociente (promedio) de homicidios dolosos por hora es de cuatro mexicanos.

Considero que la clave para ser feliz es sumar ayudas verdaderas, cabría preguntar cuáles son esas, a lo que se respondería que típicamente se refieren a las acciones que ayudan a la colectividad a vivir mejor, la cual en un modelo donde consumir sea la base de la existencia, realización y éxito, voltear a ver al necesitado parece que no es atractivo.

Bien lo señalan  Abhijit V. Banarjee y Esther Duflo premios Nobel de Economía en 2019, en su magna obra “Repensar la pobreza”,  en la cual señala que la tendencia a reducir a los pobres por ejemplo es un conjunto de clichés que ha impedido comprender los problemas a los que se presentan a diario.

Argumentan estos brillantes economistas, que las políticas gubernamentales destinadas a ayudarles muchas veces fracasan porque se fundamentan en suposiciones erradas con respecto a sus circunstancias y conductas.

Esto nos advierte, que las soluciones en muchos casos planteadas acuden a los extremos, unas administraciones públicas se presentan tan técnicos que olvidan  la parte social, y por otro lado aparecen los sociales, que olvidan la parte gerencial, lo cual anuncia a todas luces una ausencia de elementos que permitan responder a las necesidades reales.

También tomar decisiones con elementos jurídicos, racionalidad administrativa y prudencia política es una forma de dar justicia social a la población. Más, cuando la vorágine sobre la que el análisis se platea debe no exceptuar a nadie; si un Estado es responsable con su función no solo beneficiaría  a un sector,  sino al conjunto de población, a la región, al conteniente y al mundo.

Ya que la pobreza, la injusticia, la marginación, el desempleo o la contaminación, no tienen partido ni ideología, pero muchas veces sí son consecuencia de ella, y es nuestro deber talarla en bien de la humanidad. Repensar nuestro deber en donde nos desempeñemos, por muy minúsculo que parezca, debe ser un propósito del año.