De liras y democracias

Paulo Arturo González Olvera

 

¿El pueblo siempre tiene la razón? Bueno, depende, “la razón” es solamente una. El pueblo tiene sus razones. ¿Qué clase de razones tiene el pueblo? Las que puede tener, nada más.

¿Qué visión tiene un hombre del pueblo para decidir si se debe construir un aeropuerto? ¿Cuántos factores estima un ciudadano al que se le pregunta si debe crearse una refinería? ¿Qué alcances tiene un hombre del pueblo al que se le interroga sobre decisiones de infraestructura nacional?

Preguntar a los ciudadanos si se debe o no juzgar a alguien, tiene que ver más con un asunto de presencia que de justicia. Es como decirles que los tomas en cuenta, hacerles partícipes de una decisión, que, finalmente no debería tomar el pueblo. De la misma manera en que el Pacto por México no debió existir nunca, porque hizo de los legisladores unos levantamanos autómatas que votaron en bloque por órdenes de su partido, pasando por alto todas sus responsabilidades, en particular la primera: ver por los intereses de sus representados. Así mismo, tampoco deben hacerse las consultas sobre temas complejos, e incluso, sobre ningún tema. Elegimos representantes que tienen la obligación de estar informados sobre los temas que legislan.

El mexicano promedio, si busca usted información al respecto, apenas tiene la secundaria terminada, y, acaso, un pellizco de preparatoria. No digo que todos, porque nunca se puede generalizar, pero muchos mexicanos no están interesados en los temas de la infraestructura nacional, ni saben cuáles son los beneficios o perjuicios de crear o no puentes, carreteras, aeropuertos, refinerías, ni nada. Tampoco el hecho de que tengamos una carrera universitaria nos prepare para tomar mejores decisiones; si yo, por ejemplo, he estudiado Derecho, no tengo la misma capacidad de opinión que un ingeniero civil sobre el tipo de suelo que hay en un territorio para poner un tren.

Bella cosa es la democracia, muchos beneficios trae a las sociedades en que se ejerce. Múltiple, como múltiples son las idiosincrasias. No hay dos democracias iguales. Pero, no cabe duda de que, un pueblo mejor educado es un pueblo más consciente y alcanza mejores condiciones de vida, que no siempre son directamente proporcionales con índices de felicidad, como hemos visto en las encuestas.

No es que los expertos no se equivoquen, pero hay menos probabilidades de que lo hagan. En México es bien conocida la fábula del “burro que tocó la flauta”, la versión de Tomás de Iriarte sobre el texto de Fedro que data de la Roma de Calígula (esa fábula que Bulmaro Reyes nos hizo repetir una y otra vez a las ocho de la mañana en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras) donde el asno encuentra sobre el prado no una flauta, sino una lira, y, por accidente, rasga con su pezuña las cuerdas. Al escucharla, el asno replicó:

 “Bella res est, mehercules;

male cessit” -inquit- “artis quia sum nescius.

Si reperisset aliquis hanc prudentior,

divinis aures oblectasset cantibus”.

Que puede traducirse más o menos así:

Bella cosa es, ¡Por Dios!

Pero, mal lo hice -dijo- porque ignoro el arte,

si lo hubiere hecho alguien más instruido

nuestros oídos se deleitarían con divinos cantos.

 

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