TIERRA DE BABEL

Jorge Arturo Rodríguez

                                                                                                                        

Comala por siempre

 

No hay que recordarle a nadie que existe la vida y la muerte, como tampoco hay que convencerse que cuando te toca, ni aunque te quites, y cuando no te toca, ni aunque te pongas. Lo cual no importa, lo que está en juego es subsistir en este mundo y en este México que están patas arriba. Al menos en nuestro país lo que interesa es quién madres será la ganona o el ganón para la presidencia del próximo 2024. Mientras –casi siempre-, sálvese quien pueda, porque los cocolazos están a la orden del día. La muerte acecha, ¡ay nanitas, ahí viene el coco!

La fiesta del Día de Muertos hay que disfrutarla, antes que la calaca y flaca toque a nuestra puerta. (Coraje y tristeza por los que se nos han adelantado; por las y los desaparecidos y etc.). Pero seamos sinceros con nosotros mismos: ningún medio de transporte es tan seguro como el coche fúnebre, me comentó mi estimado José Luis Perdomo.

Recuerdo el inicio de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté las manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.”

Quien no cae en el cementerio y en el SAT, no ha vivido, así de simple. Como el chiste aquel: Están 2 cadáveres en el cementerio y uno empieza a reírse y dice:
“Jajajajaaja, ¡me vivo de la risa!”

Ángel Picón Salas escribió que la muerte no libera al hombre de sus errores, pero los entierra. Y Raúl Aceves señaló que la muerte siempre es una sorpresa, aunque la esperemos toda la vida. Ahí ‘ta. Yo bailo con José Gorostiza en su grandioso poema “Muerte sin fin”:

 

“Desde mis ojos insomnes

mi muerte me está acechando,

me acecha, sí, me enamora

con su ojo lánguido.

¡Anda, putilla del rubor helado,

anda, vámonos al diablo!”

 

La vida es corta y tenemos que andar. Dice Octavio Paz, en El laberinto de la soledad: “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia del morir, sino la del vivir. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos”. Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor. Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida. Matamos porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor. Y es natural que así ocurra: vida y muerte son inseparables y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intrascendente. La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora.” Elemental, mi querido Watson.

Dice el chiste: “No le deseo el mal a nadie, pero espero que mi negocio prospere. Atte: La funeraria.” Cosquillas cadavéricas. Eloy Moreno, en el cuento “Respeto”, escribe:

 

“Una mujer estaba poniendo flores sobre la tumba de su esposo cuando vio a un anciano colocando un plato de arroz en la tumba de al lado. La mujer se dirigió a él en tono de burla y le preguntó:

       -¿De verdad cree que su difunto vendrá a comerse ese arroz?”

       -Sí, claro -respondió el anciano- el mismo día que el suyo venga a oler esas flores.”

 

       Pos nada, le dijo un pez a otro. Octavio Paz continúa: “El desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos. Ella está presente en nuestras fiestas, en nuestros juegos, en nuestros amores y en nuestros pensamientos. Morir y matar son ideas que pocas veces nos abandonan. La muerte nos seduce. La fascinación que ejerce sobre nosotros quizá brote de nuestro hermetismo y de la furia con que lo rompemos. La presión de nuestra vitalidad, constreñida a expresarse en formas que la traicionan, explica el carácter mortal, agresivo o suicida, de nuestras explosiones. Cuando estallamos, además, tocamos el punto más alto de la tensión, rozamos el vértice vibrante de la vida. Y allí, en la altura del frenesí, sentimos el vértigo: la muerte nos atrae.”

La muerte nos sonríe todos los días, ¿a poco no?

 

Los días y los temas

 

Bien por el Congreso de Veracruz, en especial por la diputada Adriana Esther Martínez Sánchez, presidenta de la Comisión Permanente de Salud y Asistencia, quien coordinó los trabajos de la jornada de mastografía para el cuidado de la salud de las trabajadoras del Poder Legislativo, con el invaluable apoyo del Servicio Médico de esta Soberanía, a cargo de la doctora Claudia del Rosario García Pérez, en el marco del Día Mundial contra el Cáncer de Mama. Prevenir, evitar lloriqueos, ganarle a la muerte el tiempo que se pueda y no se voltee a vernos.

 

De cinismo y anexas

 

Va la nieve de vainilla con sabor a sandía. ¡Ah qué caray! ¿Por qué no? En México todo se puede o todo está permitido, salvo prohibido prohibir. Ni yo mismo me entiendo, que alguien me explique.

 

Después de medio siglo de matrimonio, él se muere, y al poco tiempo después, ella también y se va al cielo. En el cielo, ella encuentra al marido y corre hacia él y le dice:

-¡Amor mío! ¡Qué bueno encontrarte!

Y él responde:

-¡No me vengas con esas! El contrato fue clarito: ¡Hasta que la muerte nos separe!

 

***

-¿Es grave Doctor?

-¿Ha oído ese refrán que dice que lo que no mata engorda?

-Sí.

-Pues ha debido comer alguna cosa que no engorda.

 

***

Había un hombre que se llamaba Asombroso, y todo mundo se reía de él por su nombre. Un día le dijo a su mujer que cuando el falleciera que no le fueran a poner su nombre en la lápida, porque si en vida se reían de él por su nombre, ya muerto se iban a reír más. Pues murió Asombroso, y en la lápida decía así: “Aquí descansa un hombre ejemplar, un gran padre, un gran hijo, un gran poeta, un idealista, y unos que leyeron el contenido de la lápida dijeron “Este es asombroso”.

Hasta la próxima.