Alfredo Llorente Martínez vino con puras malas noticias. Asegura el director nacional de educación para adultos que Veracruz se encuentra entre los estados con mayor rezago educativo. Y es verdad, ya que no sólo el analfabetismo es un problema que persiste (no sólo debido a la geografía, ni a la dispersión, ni al carácter socioeconómico, ni de ingreso ni de falta de servicios, que a nadie han enseñado nunca a escribir), sino la deserción en secundaria y bachillerato, además de una baja titulación universitaria.

Sin duda Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Guerrero, Veracruz y Puebla representan la zona más marginada del país. Ese sur profundo que Benito Juárez habría entregado a los Estados Unidos. Sin embargo, lo que no dice Alfredo Llorente Martínez es que en Cuba el analfabetismo se abatió con la revolución, en menos de dos años ¡hace más de 50 años!

Aquí el INEA tiene miles de millones anuales de presupuesto y no pueden llegar a todos los analfabetas debido a la geografía, a la dispersión, al carácter socioeconómico, al ingreso y a la falta de servicios. Claro, con 3 mil millones anuales lo único que pueden hacer son convenios de colaboración con ayuntamientos para tomarse la foto. Y venir a la aldea a tirar su veneno, a alborotar al gallinero, a dar lecciones de honradez y eficiencia cuando lo único que demuestra con su actitud es corrupción e ineficiencia.

«Se debe a muchos factores de carácter geográfico, dispersión de la población, de carácter socioeconómico, de ingreso, de falta de servicios», dijo el director nacional.

El problema de los políticos chapados a la antigua es que piensan que la sociedad sigue chapada a la antigua. Pero que no evolucionen ellos, que se queden con su mundo ficticio, de falsa política, de simulación no significa que la sociedad no haya cambiado.

Cantinflas

La facilidad de palabra, dice Cantinflas en Ahí está el detalle. Es lo que más fácil se le daba sin duda. Pero es también muestra de una época que ya se fue y de la que solamente nos queda Miguel Alemán. Aquellos años de la llegada de la modernidad, donde lo clásico se veía viejo; lo antiguo necesitaba transformarse. Fueron los años dorados, del milagro mexicano.

Cantinflas vivió en una época que venía de la revolución, del desorden, de la falta de ley donde el avaro usaba el ingenio como la herramienta de trabajo en una sociedad en producción, en crecimiento, naciente.

Así era el humor de Cantinflas, disciplinado y aunque sonara improvisado, nunca lo era. Esa inteligencia se extraña.

Quizá las décadas de crecimiento y estabilidad fueron las culpables. Ahora ya no sabemos qué hacer, ni nadie sabe cuál es el rumbo, y lo peor, es que nadie recuerda ya cómo era la vida en las carpas, ni porqué la gente salía a ellas a reirse y a olvidarse de unos problemas que casi cien años después siguen siendo iguales o son peores. Presumen una democracia incipiente, en medio de una guerra voraz por el petróleo y las drogas. Y lo peor es que nadie sabe hacernos reir. Ya nadie sabe hacernos reir como la hacía Cantinflas y las cosas están mucho peor.

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