“En regímenes tan ostensiblemente dominados por la política, no cabe trazar una línea divisoria clara entre acontecimientos políticos y económicos.”
Hobsbawm

El fin de siglo anterior nos trajo consecuencias funestas. Una de ellas fue que los estados y gobiernos del mundo dejaron de ser los principales empleadores de las personas. Y como los ochenta y los noventa fueron años de puras crisis en todo el mundo, otra consecuencia funesta fue que la riqueza se concentró aun más en el 10 por ciento de la población más rica, mientras que la pobreza se recrudeció en el 10 por ciento de la población más pobre.
Esto nos recuerda en México a Carlos Salinas y a Ernesto Zedillo.
La riqueza misma es un concepto que ya no entraña el mismo significado que tenía, por ejemplo, en la década de los 70 o como dice el clásico (Eric Hobsbawm), en el “principal régimen neoliberal, los Estados Unidos del presidente Reagan” que creó un déficit gigantesco y un enorme plan armamentístico. De esta manera, el gasto se concentró en las actividades militares, sector en el que la riqueza aumentó, mientras que se redujo en los servicios públicos de salud, donde incluso se privatizó el servicio médico para los trabajadores, lo que por ende les provocó una disminución de su “riqueza”.
Continúa el historiador inglés: “el triunfalismo neoliberal no sobrevivió a los reveses de la economía mundial de principios de los noventa, ni tal vez tampoco al inesperado descubrimiento de que la economía más dinámica y de más rápido crecimiento del planeta, tras la caída del comunismo soviético, era la de la China comunista”.
De esta manera, los valores morales del neoliberalismo, impuestos a través de los llamados aparatos ideológicos del estado (Althusser) y de la cultura dominante -por ejemplo, de Hollywood y Nueva York- fortalecieron una idea de que la riqueza está en función del consumo, del exceso y de la fama. Los valores tradicionales que se transformaron en casi todo el mundo durante las revoluciones de los años sesenta, continuaron su vertiginoso cambio hasta entrado el siglo XXI.
A fin del siglo pasado, la riqueza ya no tenía que ver con los lazos familiares, ni con los valores tradicionales que podían ser incluso ancestrales, ni necesariamente con el conocimiento: los cambios que provocaron las revoluciones tecnológicas, políticas y económicas dividieron al mundo entre los ricos y los pobres, para no usar el eufemismo desarrollo/subdesarrollo, pero esto no trajo clases políticas mejor educadas o con sentimientos sociales más arraigados. Tampoco generó un mayor sentimiento de solidaridad o fraternidad (haciendo evidente que los valores menos respetados serían la justicia y la igualdad). La tendencia no parece cambiar ahora que ya está entrado el siglo XXI.
De ahí surge la necesidad de abrir y profundizar la discusión sobre el modelo neoliberal, que aparentemente está fundado en principios políticos y en modelos económicos, pero cada vez más se revela como un sistema de dogmas mezclado con propaganda y retórica desarrollista, centrada de forma repetitiva en la inversión privada, en el crecimiento, en la generación de más y “mejores” empleos, lo que contrasta de forma evidente con las condiciones reales de pobreza, desgaste del poder adquisitivo y aumento de la violencia.

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