Una gran incógnita me atejonó la mente y no me ha dejado dormir. ¿Desde cuándo el América es grande? Pero una duda aún más grande me trae al borde del colapso ¿Qué tan grande es? Creo que dependiendo tamaño de su incomodidad (suponiendo que no sabe Usted de futbol y por eso le va a otro equipo) es la grandeza del Ame. Tengo una vaga idea desde cuándo este equipo de mis amores -que sin duda compite en vitrinas y palmarés con otros como el Real Madrid- es grande, cuando menos para mí.
Mi pequeño chincual, mejor conocido entre sus correligionarios del kínder como Paquito el Terrible, no pierde oportunidad cada día de restregarme en la cara que así como yo fui, él lo es también conmigo. Cuando niño, jamás perdí la oportunidad de llevarle la contraria a mi hermano. El Parque del Seguro Social en el Distrito Federal (ahora Ciudad de México) fue escenario en repetidas ocasiones de discusiones bizantinas interminables que llegaban, o poco faltaba, a los puños entre mi hermano y yo.
Él tenía una incoherente fijación con Los Tigres y yo una bien cimentada afición por Los Diablos. Y en medio, mi padre se devanaba los sesos para que sus hijos no tuvieran que sentarse donde no querían. El estadio de beisbol se dividía simétricamente en dos partes: el lado rojo era ocupado por la gente de bien, los educados y bien portados que no por tener como mascota un diablo éramos malos, los que sí sabían del beisbol para acabar pronto; en el lado azul se sentaban mi hermano y la broza.
Con el paso del tiempo fui entendiendo que no valía la pena el pleito y que debía comprender que el pobrecito no tenía la culpa de su fijación. Al paso de los años, pudimos sentarnos sin ningún problema a ver los partidos de beisbol que fueron perdiendo su trepidante interés. Él pensaba de una forma, yo de otra, pero éramos niños y la diversión de los hermanos es hacer travesuras y molestar al de junto.
Coincidimos ya después en algo: en irle a las fabulosas Águilas del América ¡i’ñor! Tantos años echados a la basura cuando pudimos habernos peleado menos… éramos niños.
Pero le contaba que Paquito el Terrible me hace lo mismo -si me salgo del tema regréseme porque yo luego me voy-. Él, así nada más por sus soberanos blanquillos xalapeños, me hace maldades, caras y desplantes. ¿Hay bullying de los hijos? El chiquillo, en el marco del Día del Niño, está por ir a unas albercas con su pandilla -que desde ya, es candidata a llenar el Penal de Allende- y tienen que ir con su mamá o su papá. A mí, con un desplante del tamaño de la alberca -olímpica-, me factorizó y me sacó de la ecuación. ¡Tú no! ¿Pero por qué yo no? ¡Porque no!
No entiendo su desplante, pero recuerdo que también los tuve cuando fui niño, y como dijera la rana de los memes… se me pasa. Estamos por celebrar el Día del Niño y espero ese día acceder a sus abrazos con alguno que otro obsequio. Finalmente ¿Cómo enojarme con él? No se puede.
El América se volvió grande, para mí, cuando pude disfrutarlo en compañía, porque la grandeza de un equipo de futbol no significa nada si no hay con quien compartirla (por eso el Necaxa jamás fue grande). ¿Alguien quiere compartir este sábado el partido contra el super líder Monterrey?
Estoy seguro que en unos años, Paquito el Terrible y yo, compartiremos aficiones comunes y entonces disfrutaremos aún más de esta vida en bullying.
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