“La vida de esta artista ha transcurrido a través de una intensa y apasionada relación con el arte, a partir de los 13 años cuando se inscribió en La Esmeralda, y aún antes cuando en la infancia jugaba con plastilina y lápices de colores. Durante muchos años su pasión se cumplió fundamentalmente en la gráfica. Su obra es en ese campo amplísima: la anima el mundo de la infancia y la nostalgia de un universo que la autora no conoció personalmente, el de los objetos de ornato, el vestuario y peinado de las tres primeras décadas de este siglo. En este mundo existe siempre un misterio, un espacio de zozobra, un escalofrío de inquietud, y toda ella se apoya en una infinidad de detalles que perfilan y afinan ese misterioso central. En la obra de Leticia Tarragó, el detalle lo es todo. A partir de 1986, en Cancún, se produjo du primer reencuentro con el color. Luego, a principios de esta década, en un viaje a Alamos, Sonora, pinta una serie de paisajes acompañados de figuras fantasmales, que la sitúan de lleno en la pintura, reproduciendo en ella el clima de misterio que había introducido en su obra gráfica. El actual periodo, es un prodigio de imaginación y libertad. La pintora lleva esa libertad a uno de los géneros donde parece más difícil ejercerla, el retrato. Estas visiones captadas por el ojo de Leticia Tarragó constituyen una nueva aportación a la plástica mexicana.”. Es parte de lo que escribió el maestro Sergio Pitol en la edición “Expresión Plástica, 35 artistas”, del IVEC, en 1995.