No cabe duda que a través de los recuerdos los humanos nos reinventamos, volvemos a vivir, nos reanimamos, recuperamos tiempo perdido. Marcel Proust, el gran escritor francés que escribió esta obra cumbre que consta de siete tomos y que escribió entre 1913 y 1927, cuando describe con todo detalle lo que es el rememorar un pan, una ‘magdalena’, “esos bollos cortos y abultados que llaman magdalenas”, y oler el aroma del té y describir como “me llevé a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena (remojado), pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar me estremecí…”, y así es, los humanos vivimos de nuestros recuerdos, la vida es un interminable Dejà Vu, y nos gusta recordar, recrear la memoria para soñar despiertos. Hace poco, platicando con un amigo orizabeño del cual nos reservamos su identidad, recordaba cuando una vez en Córdoba de hace como 50 años, a donde solía ir los domingos para conocer muchachas, en una ocasión junto a otro amigo de él, igualmente de Orizaba, subieron al coche propiedad de su papá para ir a dar una vuelta a dos damitas cordobesas de aquella época, recordando como si hubiera sido ayer, aquella tarde sobre todo cuando en la primera oportunidad que tuvo pudo intercambiar, inocente, un beso con su acompañante: ¡Fue hace un chorro de tiempo y, te juro, aún tengo fresco en mi memoria el sabor a fresas, como del cielo mismo, que tenían los labios de ella, inolvidable! Lo escribíó Marco Aurelio González Gama, directivo de este Portal.