¿Es la locura la madre de la genialidad? Muchos de los más grandes genios, de las mentes más lúcidas y de las personalidades más luminosas y creativas en la historia moderna de la humanidad, son como una moneda de dos caras. Al lado del genio hay locura, esquizofrenia, soledad, bipolaridad, ansiedad, depresión, estrés, traumas, complejos, paranoia, desviaciones, manías, aficiones inconfesables, adicciones, etcétera.
No viene al caso hacer un recuento nominal de esos referentes universales que han dejado una cauda creativa para la posteridad a la humanidad. Pero son muchos, más de lo que imaginamos. Dalí, Haydn, Picasso, Van Gogh, Proust, Nietzche, Wagner, Baudelaire y podría seguir citando a personajes cuya vida ha transitado en los linderos de la genialidad y la locura, o cualquier otro trastorno psíquico. En su actividad, han sido figuras nones sin precedentes en cualquier campo de la creación: escritura, música y las artes. De alguna manera hay una dispensa porque la incuestionable monumentalidad de su obra opaca sus cuestionables debilidades humanas.
Sin embargo hoy se está dando un debate, yo diría que un tanto hipócrita y puritano, que apunta a rechazar o al menos desvalorizar la obra de estos grandes genios. Para ello se ha tomado como pretexto las atrocidades cometidas por personajes como el otrora exitoso productor hollywoodense, Harvey Weinstein y celebridades como Kevin Spacey, Woody Allen, Bill Cosby, Roman Polanski, William Burroughs (escritor), Richard Wagner, John Galliano (diseñador), Norman Mailer, Ezra Pound y Nietzche, pero también el sexo opuesto está presente con Joan Crawford y las escritoras Anne Sexton y Sylvia Plath, cuando menos.
Me empecé a familiarizar con ese submundo cuando a finales de los años sesenta vi una cinta que me impactó por su realismo, me refiero al ‘Bebé de Rosemary’ de Roman Polanski. Realmente fue un filme trascendental para mí el del polaco, siendo que el que esto escribe era muy chavo. Con esa cinta me percaté de la fuerza del cine para transmitir emociones y me acercó por primera vez a la obra de Polanski. Más tarde me empapé todavía más de su (trágica) vida, cuando la noticia del asesinato de la que en ese entonces era su mujer, Sharon Tate, murió asesinada por una especie de secta diabólica que encabezaba Charles Manson. Y luego la terrible noticia de que había abusado de una niña de trece años en los Estados Unidos, como para terminarla de amolar. Caray.
Hace poco la periodista y escritora estadounidense Claire Dederer, se preguntaba en un extenso trabajo periodístico que realizó para El País (9/febrero/18) y después de preguntarse, ¿Qué hacer con el arte de los hombres monstruosos?, al tiempo que afirmaba: “Todos ellos hicieron o dijeron algo horrible y crearon algo maravilloso. Lo horrible afecta a lo maravilloso; no podemos ver, oír o leer esa obra de arte sin recordar el horror. Desbordados por lo que sabemos de la monstruosidad del creador, nos apartamos, llenos de repugnancia. O quizá no. Seguimos mirando, intentando separar al artista de la obra de arte. En cualquier caso, es perturbador. Son genios y son monstruos, y no sé qué hacer con ellos”.
Por formación o deformación mental como estudioso de la ciencia política, suelo abstraerme y no mezclo unas cosas con otras, pero en algunos de los casos que estamos mencionando me cuesta trabajo el ejercicio de la abstracción, confieso que me cuesta trabajo reprimir la repugnancia que me producen algunos de sus actos. Y me remito al caso del ¿gran? actor alemán, Klaus Kinski, que cometió actos brutales de abuso sexual en contra de sus hijas Pola y Natassja (Kinski).
Y de Woody Allen ni qué decir, una figura entrañable porque mucho de su cine es profundamente entrañable para un servidor. Y no es tanto que me repugne el hombre, pero hay cosas que desde la razón no entiendo, inclusive desde el corazón –en donde no manda la razón-, pero me cuesta trabajo imaginarme al gran Woody acostándose con la hija adoptiva de Mia Farrow cuando ésta era su mujer, con el agravante de que aquella era una adolescente.
Cuántas atrocidades y perversiones hay detrás de la genialidad de estas celebridades. ¿Se las debemos perdonar? ¿Las debemos pasar por alto? ¿Debemos fijarnos solo en su obra y no en sus debilidades humanas?
La verdad es que no sé qué contestar, usted tiene la palabra.
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