TOUR XALAPEÑA (A LA CEAPP)

Jueves de semana, hago un rol por Xalapa a la Quinta Sesión de la Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas (CEAPP), con los compañeros comisionados y la presidenta y el secretario ejecutivo y los representantes del gobierno del estado y la Fiscalía veracruzana. Eran los días que había nueva fiscal, mujer. Tiene uno que andar a las vivas, bien temprano, porque se entra a la tardada y cara autopista de Capufe, pero como en el Triángulo de las Bermudas, entras pero no se sabe a qué hora sales. La ida sin problemas, el majestuoso Pico de Orizaba se veía limpio, claro, con nieve en su copo y en las faldas, se pasó bien Fortín y Cuitláhuac, pero al regreso, en la de Cuitláhuac se les hizo bolas el engrudo a los de Capufe. ¿Qué creen? Sucede que ahora la cola de media hora se originó porque a esos inútiles les cayó un rayo, sí, cómo leen, les cayó un rayo y estos funcionarios no saben que desde 1753 Benjamín Franklin inventó algo llamado pararrayos, que así descarga la energía de esos rayos a una tierra. Con lo que cobran y no tienen pararrayos, ni vergüenza, dan pena, el sistema se les colapsó y las colas comenzaron a formarse a lo buey. Quitando eso llegué a Xalapa directo a la CEAPP, trabajamos unas buenas horas y se acordó por mayoría que se financiarían 4 proyectos de personalización impulsados por periodistas, entre ellos uno orizabeño.

HARA CUATRO AÑOS

Era una mañana soleada. Paseo de la Reforma, una de las más bellas arterias del mundo, que compite en belleza con Campos Elíseos de París y La Gran Vía de Madrid, lucia con el tráfico normal, es decir, muchos automovilistas y pocos peatones. La escena ocurrió junto al hotel Sevilla Palace, donde me hospedé allí hace unos años, sucursal del hotel Liabeny de Madrid. Un hotel cómodo. Facebook suele recordarnos cosas que publicamos, hoy por la mañana me envió esta escena pasada, que titulé: El viejo y su sombrero. Cuento la historia. Caminaba por esa espaciosa banqueta y le encontré, tenía allí armado su campamento: un camping portátil hecho con remiendos de plásticos y periódicos a que lo cubrieran de la lluvia y el sol, chamarra vaquera, sombrero de palma, piochita, barba blanca y sus zapatos de huaraches. Llamó mi atención, tenía acampado allí unos días, le protestaba ¿a quién creen?, a la misma Rosario Robles, que ahí tenía sus oficinas en la Sedatu, a pocos metros o cuadras de la afamada Reforma 222, donde vivía en sus tiempos de boato y poder (No te preocupes, Rosario), bajo el amparo presidencial, ese edificio bello con tiendas de marca y restaurantes en la calle Reforma, que le alquiló otro pillo, Gerardo Ruiz Esparza, esteta de la corrupción, como lo llamó la revista Proceso. Eran otros días, el viejo, al que en mi escrito comparé con aquel viejo de Hemingway, Santiago, el pescador de El Viejo y el mar: “Todo en él era viejo, salvo sus ojos y estos tenían el mismo color del mar”, peleaba en su protesta contra Rosario Robles, por un terreno en su pueblo que no le habían querido regularizar y lo andaba perdiendo. Le dejé unas monedas para que comiera, le deseé suerte y nos tomamos la foto. Cómo es la vida, Rosario ahora está en prisión y sin cash, como dicen sus abogados, y la vida de este viejo, que allí protestaba, quizá tomó otros derroteros.

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