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En el pasado no tan pasado, el informe presidencial también era también llamado “el día del Presidente” y se caracterizaba por el culto que la clase política le rendía al Jefe del Ejecutivo, en un evento en el que se le aplaudía todo, se le creía todo y se le respaldaba en todo. Era el día en el que el Presidente se “atrevía” a lanzar anuncios sobre la política social o económica que levantaban a todos los asistentes al Congreso de la Unión en un clamoroso aplauso.

Así ocurrió en 1976 con Luis Echeverría, cuando anunció que el Banco de México cambió de la paridad fija a la paridad flotante del peso mexicano, para pasarlo de $12.50 a $22.00 en lo que representó la primera devaluación. Aplausos en el Congreso.

Para 1982 último año de López Portillo vendrían dos devaluaciones más, en febrero y en agosto, anunciado al pueblo durante el “informe” y como cierre de telenovela las lágrimas del Presidente y la promulgación de 2 Decretos: La Nacionalización de la Banca y el Control Generalizado de Cambios.

Todos aplaudiendo sin cuestionar, sin criticar, sin poner en duda la pertinencia de lo que el Ejecutivo decidía. Eran otros tiempos. Tiempos en los que “El Día del Presidente” era sagrado y respetado, hasta que en 1988 el Diputado Muñoz Ledo se atrevió a interrumpir al Presidente de la Madrid, causando el descontrol total ante lo inédito e inesperado de tal atrevimiento, pero con ese simple hecho estaba derribando el altar presidencial y destruyendo el día del presidente.

Los siguientes informes presidenciales tuvieron ya la interpelación de opositores y el duro cuestionamiento que el propio ejecutivo no podía responder, siendo defendido por sus correligionarios en una escaramuza verbal entre unos y otros. Finalizando de forma definitiva con un viejo modelo y comenzando así un cambio de forma, que se confirma con la derrota del PRI y la llegada de Fox a la Presidencia.

Para Enrique Peña Nieto, llegar a la silla presidencial siendo un personaje fabricado mediáticamente para ese cargo, no ha representado ninguna ventaja en la práctica, porque en las circunstancias de la política de hoy ya no aplican los criterios y estrategias del pasado.

Porque en ese pasado, la línea o el dedazo que decidía el titular del ejecutivo era cual si proviniera del mismo cielo y era obedecida sin chistar por toda una estructura que bañaba todo el territorio nacional, de manera que la “doctrina” llegaba al cerebro de muchos, dominando previamente su voluntad y sólo esperaban la oportunidad de acudir a algún meeting de campaña para conocer al candidato por el que su voto ya estaba decidido, comprometido y asegurado. Ese era el viejo sistema.

Pero hoy la sociedad está informada y enterada perfectamente de detalles que antes ni soñando habría sido posible siquiera imaginar. La sociedad es más participativa en la extensión de la información a través de las redes sociales y la generación de ideas y opiniones ya no depende de la televisión y sus perversos manipuladores; su última fechoría ocurrió precisamente en la última campaña presidencial pero difícilmente lo podrán repetir.

La figura presidencial sobre expuesta mediáticamente le ha significado muchos elogios internacionales, pero también muchos descalabros difíciles de restaurar, como el tema de la Casa Blanca que llevó a EPN a pedir perdón a los mexicanos, en lo que parecería el inicio de una cadena interminable de “perdones” a los que estaría expresando el presidente todos los días.

Pero como eso no sucederá, estamos frente a la nueva versión del “Día del Presidente” que lamentablemente no cuenta con la ciega simpatía del pueblo, como tampoco con la sumisión completa de un poder Legislativo que también está en el ojo crítico de la sociedad.

Queda pues esperar un 4º Informe Presidencial con los datos positivos que son ciertos; con expectativas optimistas que también suenan a ciertas y con ajustes al interior que por necesidad también resultarán ciertos. Las otras muchas verdades que son adversas a la gestión presidencial, serán parte del informe popular en redes sociales, con todo el riesgo de caer en un ejercicio de mal informar al pueblo con la verdad. Ese es mi pienso.