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La Silla Rota

Ante las pocas posibilidades de ganar las elecciones presidenciales en Francia la candidata del Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, intenta forzar el destino transformando la campaña en un auténtico remake de la lucha de clases.

De acuerdo con La Nación, en los últimos días, Le Pen elevó el tono de su discurso presentándose como «abanderada de los desposeídos» frente a un Emmanuel Macron definido como «representante de la oligarquía».

La candidata del FN intensificó esa estrategia durante el debate televisado de esta semana, el cual terminó en una estrepitosa derrota de Le Pen, que le hizo perder al menos 2.5 puntos frente a su adversario.

Macron, quien entre 2008 y 2012 trabajó en el banco de negocios Rothschild, es presentando por Le Pen como un «representante de las altas finanzas» y «marioneta del gran capital».

Marine, con el fin de profundizar el abismo socioeconómico que separa a ambos como a sus electorados, ha planteado la elección en términos de enfrentamiento: patriotas vs. internacionalistas; nacionalismo vs. cosmopolitismo; pueblo vs. elites; proteccionismo vs. globalización; patriotismo vs. liberalismo; Francia vs. Europa; franco vs. euro, y pobreza vs. opulencia.

El objetivo de la candidata es consolidar el apoyo de los tres sectores que le permitieron reunir 7.6 millones de votos (21,3%) en la primera vuelta: 29,9% de los desempleados, 39,7% de los obreros y 30% de los empleados.

Como consecuencia de su estrategia, el 60% de los obreros se apresta a votar por Le Pen, según los sondeos, mientras que en las otras dos categorías la progresión será igualmente importante.

El lenguaje de confrontación de los últimos días es para evitar los temas y los símbolos que caracterizaron la historia del FN: racismo, violencia, xenofobia, antisemitismo, y para estructurar el duelo en torno del supuesto carácter antipopular de Macron.

El esfuerzo de Le Pen por incluso limpiar esa imagen del partido se vio clara cuando declaró que el Estado francés no fue responsable de la deportación de 13 mil judíos, entre ellos un tercio de chicos, reunidos en un velódromo parisiense por la policía francesa en 1942, responsabilidad reconocida por el ex presidente Jacques Chirac.

Si bien su estrategia no consiguió suscitar gran entusiasmo, su acelerado avance en las clases populares traduce una preocupante realidad: por un lado, la transformación de la vida política francesa; por el otro, el abismo cada vez más grande que separa a los ganadores y a los perdedores de la globalización.