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Los españoles que llegaron al valle de México dejaron descritos en sus crónicas los sacrificios humanos masivos que realizaban los aztecas, que en una ocasión llegaron a superar las 80.000 víctimas en sólo cuatro días. Contaban que les arrancaban el corazón mientras aún latía, lo mostraban a los cuatro puntos del universo y lo colocaban en un recipiente especial. En ocasiones sus cabezas pasaban a formar parte de un muro de calaveras; también podían despellejarlos y utilizar distintas partes de sus cuerpos en diversos rituales. Estos sangrientos ceremoniales se registraron en algunos códices aztecas, aunque sus descripciones son menos espeluznantes que las de los españoles, probablemente exageradas.

La sangre, a la que llamaban «agua preciosa», estaba enraizada en la cultura de los aztecas, formaba parte de su vida diaria. Incluso estaban acostumbrados a realizarse sangrías ellos mismos, aunque la mayoría de la sangre procedía de sus enemigos. Las ceremonias, que se llevaban a cabo en templos piramidales, tenían un claro carácter religioso, pero eran también una poderosa prueba de poder político. Una vez al año tenía lugar un importante sacrificio en el Templo Mayor. Traían guerreros enemigos de otras comunidades y los sacrificaban en una ceremonia llamada «la fiesta de la desolladura de hombres». Con ello demostraban lo que les pasaba si no pagaban el tributo o los desafiaban.

 

Sin sacrificios no hay vida

Los aztecas creían que muchos de sus dioses (tenían más de un centenar) les exigían carne humana para que el Sol saliese cada día y que con los tributos de sangre pagaban una especie de deuda vitalicia al Sol que les permitía subsistir. Para ellos, la muerte era lo que daba significado a la vida. Pensaban que, sin las ofrendas, el Sol desaparecería y el mundo moriría.