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RT/SinEmbargo

Las innumerables estatuas esculpidas por los antiguos egipcios que representaban a faraones, figuras religiosas o ciudadanos ricos tienen un punto en común: narices rotas. Si bien los factores meteorológicos como el viento y la lluvia juegan un papel importante en la erosión de las narices, el hecho de que esta ‘epidemia’ esté tan generalizada sugiere a algunos expertos que la intervención humana tuvo algo que ver.

En el Antiguo Egipto era habitual que a las estatuas se les insuflara vida mediante una ceremonia conocida como el “ritual de apertura de la boca”, en el que las figuras eran untadas con diversos aceites y se les ponían distintos objetos que se consideraba que les daban esa vida. “Este ritual le daba a la estatua una especie de vida y poder”, dijo este martes a Live Science Adela Oppenheim, comisaria del Departamento de Arte Egipcio del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (EU).

Cuando alguien quería destruir, robar o profanar un templo, una tumba u otro lugar sagrado, era necesario desactivar esta energía vital de las estatuas, y eso se conseguía rompiéndoles la nariz. “Básicamente tienes que matarla”, y una manera de hacerlo era rompiéndole la nariz para que la figura no pudiera respirar, sostiene Oppenheim.

Esto no significa que los antiguos egipcios creyeran que las estatuas respiraran o pudieran levantarse y moverse, ya que estaban hechas de piedra, metal o madera. “Sabían que no inhalando aire, eso podían verlo”, afirmó Oppenheim. No obstante, se partía de la base de que tenían una fuerza vital y que esta “llegaba por la nariz”, que es por donde se respira.

Otras zonas que recibían los golpes con el mismo objetivo de desactivar la estatua eran la cara en general, los brazos o las piernas. Aunque es cierto que en ocasiones las estatuas se caían y se fracturaban de manera accidental, se puede saber si una escultura se destruyó intencionalmente observando las marcas de los cortes, según Oppenheim.