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Crónica del Poder

El adulterio. En este día, 7 de abril de 2019, celebramos el Domingo quinto de Cuaresma, Ciclo C, en la liturgia de la Iglesia Católica. El pasaje evangélico de hoy es de San Juan (8, 1-11) el cual comienza así: “Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba. Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?”. El Decálogo y los profetas condenan de manera absoluta el adulterio, aunque es definido de manera muy restringida, como el acto que viola la pertenencia de una mujer a su marido o a su prometido. La fidelidad total exigida a la mujer desde la antigua alianza, simboliza también la fidelidad que Dios espera de su pueblo. Por eso, los profetas condenan la infidelidad a la alianza como un adulterio espiritual. La fidelidad exigida a los dos esposos por el sacramento del matrimonio sólo será plenamente revelada por Jesucristo. En el Nuevo Testamento, Jesús extiende al hombre lo que antes sólo valía para la mujer, es decir, la comisión del adulterio. La fidelidad en el matrimonio es un don de Dios que necesita ser cultivado todos los días. El adulterio corrompe el amor y la unidad de los esposos. En el sermón del monte, Jesús condena el mirar con deseo a una mujer y lo califica de adulterio. La infidelidad religiosa también se califica como adulterio y, por analogía, toda realidad que pierde su autenticidad se le llama adulterada. Dios nos conceda el don de la fidelidad en nuestra conducta moral y en nuestra fe religiosa, para evitar los efectos corrosivos del pecado del adulterio.

La actitud de Jesús. El texto evangélico continúa: “Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: ‘Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra’. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo. Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie junto a él”. San Juan (18, 31) afirma que los romanos habían prohibido a los judíos ejecutar la pena de muerte, según su ley. La trampa de los escribas y fariseos consistía en que Jesús debería rechazar o la ley de Moisés, o la autoridad de Roma. La narración evangélica concluye: “Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: ‘Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?’ Ella le contestó: ‘Nadie, Señor’. Y Jesús le dijo: ‘Tampoco yo te condeno, vete y ya no vuelvas a pecar”. La mujer queda libre, pero Jesús le advierte claramente que no vuelva a pecar, a no caer nuevamente en adulterio. Resulta interesante analizar las posturas físicas de Jesús: está sentado mientas enseña, se incorpora para amonestar a los acusadores y se endereza para tratar con ternura a la mujer acusada. Jesús actúa con misericordia, como su Padre Dios. Con su actitud serena desenmascara las malas intenciones de los acusadores de la mujer y los confronta con sus propios pecados.

No pecar más. En la Cuaresma, somos invitados a reconocer y confesar nuestros pecados para recibir la absolución sacramental con la amonestación: “Vete en paz y no vuelvas a pecar”. El acto de contrición que enseñó San Rafael Guízar dice: ¡Oh, Jesús mío, me arrepiento de haberte ofendido porque eres infinitamente bueno! Padeciste y moriste por mí clavado en la cruz. Te amo con todo mi corazón y propongo, con tu gracia, no volver a pecar. El propósito de enmienda es esencial para recibir el perdón de los pecados y comenzar una nueva vida, como dice Isaías (43, 16-21): “No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan? Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en la tierra árida”. La Carta a los Filipenses (3, 7-14) presenta el ejemplo de Pablo, que considera sus “amores pasados” como total pérdida, una vez que encontró a Jesucristo como el bien supremo por cuyo amor vale la pena renunciar a todo lo anterior.

+Hipólito Reyes Larios
Arzobispo de Xalapa

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