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Crrònica del Poder

 

 

La última aparición. En este día, Domingo 2 de junio de 2019, celebramos la Ascensión del Señor Jesucristo al Cielo en la liturgia de la Iglesia Católica. Esta solemnidad se celebraba antiguamente el Jueves de Ascensión, a los cuarenta días después de la Pascua, de acuerdo al libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 3). El pasaje evangélico de hoy es de San Lucas (24, 46-53) y comienza así: “Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”. La Ascensión se realiza en la última aparición de Jesús Resucitado, con un acentuado carácter litúrgico. De acuerdo a las Escrituras y a los anuncios de la pasión, Jesús debía padecer, morir en la cruz, resucitar y subir al cielo en Jerusalén. En esa ciudad, los Apóstoles recibirán la fuerza del Espíritu Santo que los capacitará para iniciar su misión evangelizadora (Hch 1, 4).

 

La Ascensión al Cielo. El texto evangélico continúa: “Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y con constancia permanecían en el templo, alabando a Dios”. En el libro de los Hechos (1, 1-11), San Lucas menciona a Teófilo lo que escribió en su primer libro, es decir, en su Evangelio, acerca de lo que Jesús hizo y enseñó hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los Apóstoles que había elegido. A ellos se les apareció varias veces, después de su pasión y resurrección, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. Les pidió que no se alejaran de Jerusalén porque iban a recibir el Espíritu Santo, que los llenaría de fortaleza para poder ser sus testigos en todos los rincones de la tierra. Después de decir esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos y se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”. El sentido profundo de esta solemnidad lo sintetiza su Prefacio: “Porque el Señor Jesús, Rey de la gloria, triunfador del pecado y de la muerte, ante la admiración de los ángeles, ascendió hoy a lo más alto de los cielos, como mediador entre Dios y los hombres, juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales. No se fue para alejarse de nuestra pequeñez, sino para que pusiéramos nuestra esperanza en llegar, como miembros suyos, a donde él, nuestra cabeza y principio, nos ha precedido”.

 

La bendición. Al retornar a su Padre, Jesús bendice a sus discípulos. Éstos se encaminan al Templo llenos de alegría y bendiciendo a Dios. La bendición es una práctica arraigada en todas las culturas. Bendecir es desear el bien, la salud, el amor y la alegría a las personas que encontramos en el camino de la vida. Bendecir es aprender a vivir desde una actitud básica de amor a la vida, a Dios y a las personas. El que bendice vacía su corazón de otras actitudes poco sanas como la agresividad, el miedo, la hostilidad o la indiferencia. No es posible bendecir y, al mismo tiempo, vivir condenando, rechazando y odiando. Quien bendice evoca, desea y pide la presencia bondadosa del Creador, fuente de todo bien. Por eso sólo se puede bendecir en actitud agradecida a Dios. La bendición hace bien a quien la recibe y a quien la otorga. La bendición resuena en su interior como plegaria silenciosa que transforma su corazón, haciéndolo, más bueno y más noble. Nadie puede sentirse bien consigo mismo mientras siga maldiciendo a otros en el fondo de su ser. Los discípulos de Jesucristo somos portadores y testigos de su bendición, especialmente a los pequeños, a los enfermos y marginados (J.A. Pagola).

 

+Hipólito Reyes Larios

Arzobispo de Xalapa

 

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