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Aldo Anfossi/La Jornada

 

 

Santiago. Chile conmemoró este viernes los 47 años del sangriento golpe de estado que, el 11 de septiembre de 1973, derrocó al gobierno del presidente Salvador Allende, instaurando una criminal dictadura cívico-militar por 17 años que, según cifras oficiales, causó más de 40 mil víctimas directas entre asesinados, desaparecidos y torturados.

Al igual que cada año en esta fecha, muchos salieron a las calles a expresar dolor, homenaje y recogimiento frente a los sucesos de aquella jornada, ferozmente marcados por la muerte de Allende en el Palacio de la Moneda quien cumplía así su promesa de no renunciar y de no rendirse a los «generales traidores», como los llamó ese día, y su aseveración de que «pagaré con mi vida la lealtad del pueblo

Pese a los años transcurridos, siguen impactando las imágenes del ejército acribillando la sede del gobierno, bombardeada por tierra y aire e incendiada con la bandera de Chile flameando entre el humo y llamas, al igual que la del cadáver del presidente envuelto en una manta sobre un camastro cargado por militares y bomberos.

Este viernes, el gobierno de Sebastián Piñera fue implacable en reprimir toda manifestación. En Santiago, una marcha hacia el Cementerio General – donde está la tumba de Allende y un memorial en cuyo frontis se gravaron los nombres de más de 3 mil asesinados y desaparecidos- fue hostigada por la policía. Por la tarde, carabineros atacó a quienes se congregaron en Plaza Dignidad y sus alrededores, estrenando la maquinaria represiva que por millones de dólares adquirió recientemente y de la que Piñera se jactó la semana pasada.

Pero este aniversario del golpe tiene algo de particular: en cinco semanas se cumplirá un año del estallido social del 18 de octubre de 2019, que desató meses de protestas en las que participaron millones, sólo aplacadas por la pandemia, un conflicto pendiente de resolución; y a seis de que se realice, el 25 de octubre, un plebiscito para decidir el inicio de un proceso constituyente que podría culminar con el desmantelamiento de la «obra mayor» de la dictadura, la constitución de 1980, que consagró el neoliberalismo en Chile.

«El triunfo de Allende fue un tiempo inverosímil, lleno de esperanzas y colmado de fuerza popular. Aunque en un mundo y un Chile muy distintos, el 18-O ha sido también impensado, súbito, sorprendente para las élites y para los subordinados también, que abre enormes esperanzas. El plebiscito nos dirá si avanzan y cuánto. El camino es áspero, pero no hay sendero a una sociedad más justa que no sea escarpado y riesgoso», afirma el intelectual socialista Jorge Arrate, ex ministro de Minería de Allende, ex candidato presidencial, abogado y economista.

«El plebiscito podría ser simbólicamente un gran acto de «despinochetización». El dictador asesino serial que traicionó y derrocó a Allende podrá ser, al fin, arrasado cuando se pone en juego su obra», agrega.

Acerca de la trascendencia de lo que viene, señala que «hay que abrir otro horizonte, donde el respeto a las diferencias se conjugue con una igualdad esencial, donde las libertades se respeten sin vacilación, donde el Estado sea una expresión del interés colectivo, del bien común, y frente al cual los ciudadanos tengan adecuada protección».

Esto se expresa en recuperar como bienes sociales «el agua, el cobre, el mar, el salar, la mina, el bosque», y en que «los pueblos originarios tengan derechos como tales y la mujer sea sujeto social pleno».

Respecto de cómo marca el golpe y la muerte de Allende a Chile, Arrate explica que «él encabezó el único gran intento de cambiar el signo del poder en más de 200 años de vida republicana. La forma como fue avasallado su gobierno y sus seguidores marcó a Chile por décadas y no se ha olvidado. Hay una herida profunda en el alma popular».